Las Provincias

NUEVAS SENSACIONES

Llegó, por fin, Cesare Prandelli a Mestalla. Y lo hizo entre la expectación general y la elaborada fanfarria del recibimiento que tan grata nos resulta a los valencianos. Llegó, vio y pareció convencer al inquieto personal, aportando argumentos sensatos y tranquilizadores en su catarata de visitas a los medios de comunicación, con los que se quiso desde el club, de manera inteligente, amortiguar el impacto de la dolorosa derrota -la quinta este año en Liga- ante el Atlético y el siempre peligroso vacío de quince días sin competición. Apareció, traductora mediante, como un tranquilo y agradable gurú del fútbol: abierto, accesible, didáctico, desplegando sin grandes alardes un sencillo lenguaje cuyo reflejo sobre el césped no tardamos en descubrir: táctica, táctica y más táctica concentrada en sesiones dobles de entrenamientos.

Conocía poco, o más bien nada, a Prandelli antes de su publicitado aterrizaje en nuestra ciudad. Quienes sí han seguido con detenimiento su trayectoria (legión, al parecer, dada la profusión de datos de todo tipo con que nos han ilustrado los medios esta semana) apuntan que es el entrenador perfecto para este Valencia: un técnico con gusto por el balón y sólidas convicciones en lo referente a la concepción del fútbol: sus equipos son todo orden, disciplina, agresividad. La anarquía, ese concepto vital tan italiano (y español) al que tristemente nos hemos acostumbrado en los últimos meses, parece brillar por su ausencia en su currículo. Al final, todas las cualidades del transalpino, las señaladas por él mismo y las añadidas, a modo de medallas, por las decenas de analistas que esta semana han hablado de su fichaje, han acabado concentradas en una de esas máximas que tan bien quedan en los titulares de reportajes y perfiles biográficos: Prandelli es, a juicio de todos, "el entrenador menos italiano de los italianos".

Lecturas iniciales aparte, el cómo en la llegada y primeros días del lombardo entre nosotros sí marca una distancia con lo vivido en capítulos anteriores en Mestalla. El Valencia ha recibido esta semana a un entrenador hecho (algo que por sí solo ya sería noticia), con un discurso sencillo y una idea futbolística expresada de forma clara y concisa que suena de perlas a oídos de todos tras la cadena de despropósitos vividos recientemente. Prandelli parece a simple vista un técnico sosegado pero firme, trabajador, alejado de la pirotecnia, del discurso autoindulgente y ciertamente soberbio de Nuno, del chiste permanente de Gary Neville y el alambicado modus explicandi de Pako Ayestarán. No es un émulo, futbolísticamente hablando, de Claudio Ranieri, comparación que el valencianismo automáticamente puso sobre la mesa cuando se conoció su fichaje. Pero sí puede, si la suerte y el trabajo le acompañan mínimamente, repetir el rumbo que marcó su compatriota: sacar al equipo del pozo deportivo para que este, a su vez, tire del club como ocurrió en 1998.

Sería aconsejable, no obstante, que no nos dejáramos guiar por la euforia ante la evidencia de que, por fin, se van normalizando las cosas en la estructura deportiva del Valencia. Tan peligroso es eso como obviar las señales de advertencia que nos salen al paso en los primeros días del prandellismo, que determinan que las primeras impresiones positivas sobre el italiano hayan de ser acogidas con suma cautela: a la situación de agobio deportivo, marcada por la antepenúltima plaza liguera, se le añaden un calendario inmediato realmente complejo y, sobre todo, la obviedad de que Prandelli habrá de jugar al ajedrez del fútbol con piezas de poco valor: peones y algún alfil y caballo despistado. La plantilla, más que el grupo homogéneo y de calidad que nos vendieron a finales de agosto, es un corto e insulso conjunto de números, lo que obligará al italiano, más allá de que lleguen o no fichajes en diciembre, a jugar de una manera muy concreta y a esperar que su trabajo físico y táctico pueda sacarles un rendimiento óptimo.

En cualquier caso, la llegada de Prandelli ha proporcionado al valencianismo un conjunto de nuevas (y buenas) sensaciones, una cómoda base sobre la que empezar a trabajar. El tiempo y los resultados deportivos serán los encargados de confirmar que en esta ocasión, de una vez por todas, no se ha errado el tiro. Suerte.