Las Provincias

UN TAL GORDI

Nos separa un metro y cruzamos sobre un paso cebra. Ella escucha atentamente a través de su telefonillo. Va concentrada. Parece gorda pero no lo es, se trata de una falsa gorda, de una chica de huesos potentes. Su rostro es ovalado, atractivo, simétrico. Melena negra relimpia. Alcanzamos la mitad de la calle y susurra «hum hum». Cabecea reflexiva. Cuando estamos a punto de pisar la salvadora acera suelta empleando un tono civilizado y suave: «Vale, lo tengo, lo tengo... Lo que le tienes que decir es esto con un mensaje de guasap: mira Gordi, que me he enterado de todo y...»

Y en ese trance supremo nuestros caminos se desbaratan. Ella enfila hacia la derecha y yo hacía la izquierda. Dios, no puede hacerme eso, no puede dejarme así, con la miel sobre los tímpanos, con la intriga devastando mi alma. Pienso en seguirla a corta distancia para averiguar esa trama. Dudo. Desisto. Demasiado tarde. La presunta gorda galopa mientras habla pero sus palabras se pierden sobre el asfalto. Me quedo realmente jodido. ¿Qué ha hecho ese Gordi? Ahora las parejas se llaman así, Gordi. Antes era Churri y ahora es Gordi. Nuestro idioma palpita, evoluciona, nos sorprende y deleita con nuevos hallazgos de matiz doméstico, íntimo. Pero a lo que íbamos... ¿Qué ha hecho ese Gordi? ¿Se ha saltado el régimen? ¿No paga la pensión a su ex? ¿Sigue sin depositar los calzoncillos en el cesto de ropa sucia y los catapulta contra la puerta del dormitorio? Me huele que no. Sospecho que el asunto apesta a infidelidad y la Churri ha pillado al Gordi en pleno trasiego. Me colapsa la incertidumbre y no soporto ese final abierto. Necesito saber qué clase de travesura ha efectuado el susodicho Gordi porque me fascinan las historias anónimas con perfume a guisopo de coliflor. Por favor, ¿alguien conoce al tal Gordi y sabe su delito?