Las Provincias

Juan Cerezo Floro

El pasado jueves este periódico se hacía eco de la muerte de don Juan Cerezo Floro, un sacerdote de Jaén que llegó a Valencia en el postconcilio y llevaba 27 años de párroco en la Iglesia del Patriarca San José, situada en la Avenida del Puerto y lugar del que nació el Colegio de la Anunciación, uno de los proyectos educativos más interesantes y valiosos del Marítimo. Las gentes de este barrio tienen una deuda impagable con este personaje cuya actividad estaba presidida por una sencilla convicción: el progreso depende de la educación. Con un tesón, una paciencia y una perseverancia envidiable consiguió formar un equipo de profesores entregados a esa causa, ampliar las aulas, modernizar instalaciones, construir una FP envidiable y, después de muchos esfuerzos, ofrecer un Bachillerato para que las familias no tuvieran que cambiar a sus hijos del colegio.

Este proyecto no fue el único de 'don Juan'. Antes de entregarse a él, acompañó a universitarios dirigiendo el Colegio Mayor Santiago Apóstol. Hoy los colegios mayores ya no son lo que eran en los convulsos años setenta, y no lo digo por el hecho de que fueran un hervidero de inquietudes ideológicas, vocaciones políticas o revolucionarias utopías. Lo digo porque entonces algunos colegios hicieron posible que muchas familias con escasos recursos pudieran enviar a sus hijos a la ciudad para que se embarcaran en lo que entonces tenía una poderosa fuerza semántica: «hacer una carrera».

En este colegio nació el coro Sant Yago y gracias a él pudieron estudiar jóvenes de lo que aún se sigue llamando «acción católica». Nació de una familia que donó un edificio situado en la calle Comedias y que lindaba puerta con puerta con dos instituciones claves: la Universidad y el Patriarca. En los setenta y ochenta ningún otro colegio estaba tan cerca de las aulas, la biblioteca y la efervescente urdimbre universitaria, ninguno ofrecía tantas posibilidades para que sus estudiantes descubrieran la 'universitas' con la que ensanchar el estrecho horizonte de su 'particularitas'. Don Juan estaba especialmente preocupado por esta vocación universitaria y toda la vida del colegio estaba organizada para que los de letras estuvieran abiertos a las ciencias, o los de ciencias a las letras. Nunca faltó una semana cultural con charlas, conferencias o ciclos de cine. Con ello se mantenía una especialización de servicio y sin fronteras, como si la clave de la vida universitaria estuviera en la formación de excelentes profesionales y buenos ciudadanos.

El 9 de Octubre también tendríamos que hacer memoria de estas personas batalladoras y adaptar los versos de Brecht a don Juan: «Hay hombres que educan un día y son buenos. Hay otros que educan un año y son mejores. Hay quienes educan muchos años y son muy buenos. También están los que educan toda la vida, esos son los imprescindibles».