Las Provincias

ÍDOLOS APAGADOS

Cuando Tyson Fury vino al mundo hace 28 años pesó una libra, menos de medio kilo. Su padre recuerda que a aquel recién nacido, tras solo seis meses de gestación, podías cogerlo y depositarlo en la palma de una mano. El hombre debe tener su guasa porque, a pesar de esto, decidió bautizar a aquel minúsculo bebé con el apellido del entonces campeón de los pesos pesados: Mike Tyson, el terrible púgil criado en los bajos fondos de Brooklyn, donde convivió con pandilleros, camellos y fulanas, según cuenta en su sorprendente y recomendable biografía titulada 'Toda la verdad' (impagable cuando relata el día que encontró a su mujer con Brad Pitt).

Tyson Fury pesa ahora 247 libras (más de 110 kilos), mide 2,06 metros y, aprovechando la lánguida coyuntura pugilística, es el nuevo rey de los pesados tras derrotar a un Wladimir Klitschko en clara decadencia. El cinturón no le sentó bien porque ahora, un año después, dice haber engordado como un cerdo después de abandonarse por completo.

El boxeador gitano no pisa un gimnasio desde mayo y cada día busca consuelo entre botellas de whisky y rayas de coca, el mismo camino que llevó a Mike Tyson a dilapidar su enorme fortuna amasada entre las 16 cuerdas. Los especialistas en la azotea le han dicho que es maníaco depresivo y el púgil de Manchester, que vivió durante años en su Westworland Star, una vieja furgoneta del 58, ha pronunciado, harto y desesperado, una frase demoledora: «Quiero que alguien me mate antes de que lo haga yo mismo».

La vida de un deportista no es todo laurel, focos y aplausos. La historia está tristemente nutrida de personajes que acabaron abruptamente con su vida porque no soportaron el epílogo. Como Jesús Rollán, aquel campeón olímpico de waterpolo que saltó al vacío desde una clínica de desintoxicación; Luis Ocaña, el segundo español en ganar un Tour, que se voló los sesos en su finca entre viñedos de Armagnac, o Urtain, mítico boxeador en los 70, que se lanzó desde un décimo piso, por citar unos cuantos.

Esta semana, una atleta que fue subcampeona de Europa bajo techo, Isabel Macías, escribió un post en su blog mientras se sentía «algo oscura y cabizbaja». La aragonesa, que ha hecho carrera gracias a una ética de trabajo estajanovista, terminó una prueba llorando. Macías está desesperada porque no encuentra la forma de acabar con una lesión y tras una temporada decepcionante empieza a percibir que la quieren retirar. Ella, a sus 32 años, se defiende recordando que una multinacional del deporte (Asics) dejó de patrocinar a Ruth Beitia hace cuatro años, justo cuando estaba a punto de empezar una serie de éxitos que ha culminado con su fabuloso título olímpico a los 37 años.

La mediofondista no hará ninguna tontería y el día que ella decida colgar los clavos no tendrá ningún problema en elegir una salida: es inteligente, ha estudiado tres carreras y tiene la cabeza bien amueblada. Pero la tristeza de este momento tan agrio la tiene apesadumbrada.

El deportista es alguien mientras le cuelgan las medallas. Luego dejan de darse codazos por estar a su lado y llega el vacío, un vacío que duele.

Macías recuerda en su blog que apoyar a un deportista es apoyar a una persona que cuando deje de ser un portento puede seguir siendo muy útil al deporte, reciclándose de atleta a entrenador, dirigente o educador. Ella no es la única que se siente desamparada. Hay más, mucho más, en una sociedad que arruga a sus viejos ídolos y los arroja con un gancho a la papelera.

Un conocido exatleta afincado en Valencia prácticamente narró en directo el deseo de acabar con su vida en su muro de Facebook. Tal cual. Aquello terminó en un susto y el chico, parece ser, retomó el rumbo. Y luego hay otros, como Andreu Martínez, que salió del deporte para, todo un cerebrín, hacer virguerías con la informática y vivir la vida en plenitud, a quien un cáncer lo borró del mapa. Perra vida.

Mike Tyson viene a contar en una biografía que te reconcilia con el personaje que fue un estúpido integral, un pobre ignorante que solo sabía soltar sus temibles puños. Se rodeó de chupópteros y acabó arruinado y vivo de milagro. La moraleja es cristalina: es más importante enriquecer la mente que la cuenta bancaria.