Las Provincias

Procesión laica

La laicidad es un bien por sí mismo que hay que proteger. Ése es, al menos, el sentir del actual Consell, preocupado por eliminar cualquier resto de confesionalidad en los actos institucionales. Es razonable en la medida en que las autoridades democráticamente elegidas responden ante todos los ciudadanos y deben velar por todos ellos, sean cuales sean sus creencias o convicciones. Eso significa no hacer distingos entre quienes rezan hacia la Meca, hacia Jerusalén o hacia las fuentes del Ganges. O simplemente no rezan. Hay valencianos que nunca se sumarían a un Te Deum en la catedral porque no creen en el acto que se desarrolla bajo esa denominación, esto es, una Acción de Gracias a Dios tras la victoria.

Ahora bien, la cuestión es si debemos proteger un acto tradicional por lo que nos dice hoy o por su conexión con las raíces. En principio, deberíamos defender ambos enfoques. Sin embargo, pueden ser incompatibles. Tal y como lo plantea el Consell parecen serlo. Los actos del 9 d'octubre son al mismo tiempo un recuerdo de lo que sucedió en 1238 y una exaltación de lo que somos en la actualidad. El problema es que buena parte de lo ocurrido en la Historia no casa con lo que somos hoy. La condición de reino cristiano, por ejemplo. Se empeñan las autoridades en obviar ese detalle porque no encaja en una construcción laicista de la convivencia y esa amputación es vivida de forma traumática por quienes se sienten identificados con la raíz cristiana de nuestra realidad. No estoy propugnando una fusión de religión y política. Al contrario, es necesario diferenciarlas y mantenerlas en su terreno. Eso significa que ni hay gobernantes en el Te Deum ni aquellos le dicen al Papa quién debe ser el obispo. Laicidad es separación y respeto. En ambas direcciones.

Lo que me pregunto es si puede protegerse una fiesta como Bien de Interés Cultural solo en clave actual. La cultura y la tradición nos hablan de la construcción del Reino de Valencia, no de la Comunitat, y aunque ésta sea herencia y consecuencia de aquel, la de 1238 fue una identidad construida en clave religiosa -contra el infiel, como era uso entonces-. Podremos disimularlo e ignorarlo porque ya no es un aglutinante social pero estaremos hurtando un factor que explica históricamente lo sucedido. La supresión del Te Deum intenta adaptar el recuerdo a la actualidad pero un recuerdo nos habla del pasado. Podremos pintar los fotogramas en blanco y negro pero la memoria histórica que tanto se reclama nos obliga a ser honestos intelectualemente hablando. El Reino fue porque fue cristiano, aunque ahora incomode. Una memoria histórica sana lo tendría presente sin complejos, como acepta la monarquía, la nobleza apoyando al rey o la violencia como instrumento para construir un reino. Podríamos ignorarlo todo y sería de verdad una celebración contemporánea, pero solo quitamos el Te Deum de la foto. Es lo más fácil.