Las Provincias

Un 9 d'Octubre diferente

La vez que más he escuchado usar el valenciano fue un 9 d'Octubre en el Ikea de Murcia. Debo decir, a modo de disculpa, que acompañando a mi suegra. Ese año me abstuve y no pasó nada. Lo paso mal esos días. Me sentiría cómodo con una celebración masiva, ciudadana, educada. Un analista que nos visite ese día puede pensar que en el espacio temporal de la jornada, y en nuestro recinto territorial, han coincidido diversos pueblos que tienen poco que ver entre sí. Puede que influya la desafección que provocan las expectativas insatisfechas de ese paréntesis de patriotismo para la ocasión, del que se abdica a diario, para comprar un pavoroso y endulzado patriotismo de 24 horas, de baratillo, que exalta la retórica de la unidad. Esa unidad en forma de placebo que proclamamos vociferando y desmentimos en privado, porque año tras año escribimos la misma carta a los Reyes Magos, pidiéndolo todo sin tener en cuenta la solvencia doméstica. Pedimos el modelo de financiación, todas las infraestructuras, la cercanía de las instituciones y una bondad cívica que procedemos a olvidar el día 10. 24 horas de unanimidad forzada, «daos fraternalmente la paz», y 364 días en los que el consenso es una especie protegida. Habría que convertir la efeméride en un 9 d'Octubre monográfico, de un solo tema. Cambiar el paso, y dedicar cada año 24 horas a escenificar que no nos ponemos de acuerdo en nada, y por el contrario atrincherarnos en 364 días de radical unidad para conseguir una sola cosa. Identificaríamos cada ejercicio como el año en que alcanzamos una reivindicación. El resto es pura retórica, unas veces citando a Xavier Casp y otras a Vicent Andrés Estellés, pero la auténtica poesía, la contante y sonante, la que conforta con la identificación de la línea de los presupuestos generales del Estado, siempre brilla por su ausencia. En nada se cumplirán cuatro décadas de la manifestación unitaria de 1978 a favor de la autonomía. También uno estaba allí. Llevo todos esos años tatuando mi biografía con atascos. Con melodías infantiles de la orquesta de Roy Etzel a la altura de Torres-Torres, GIlet o Estivella. Con Radio Futura en las travesías de Sueca y Sollana. Parando los domingos en Favara ante el atasco monumental. Con retenciones en Bellreguard, a la vista del Bar Cames, o en el cuello de botella de Puçol. Borrell y Barrionuevo. Luis Gámir o Leopoldo Calvo-Sotelo. Se me ha ido la vida adulta pagando peaje para ir a Oliva, y pidiendo a familiares que acudan a por mí a la Estación de Gandía porque el tren no llega a Oliva ni a Denia. Hemos mejorado en el aire acondicionado, la calidad de los altavoces, y las megas para entretener la espera. Un año la financiación. Al otro el Tren de la Costa. Como en las paellas con los amigos, «cullerà i arrere».