Las Provincias

EL LADRILLO UNIVERSITARIO

El Ayuntamiento de Valencia, con buen criterio, quiere limitar el crecimiento de las universidades públicas en los campus de Tarongers y Vera, con el fin de proteger la poca huerta que queda en el límite del término municipal con Alboraya. La idea del Consistorio, que no es nueva, es que las futuras necesidades tanto de la Universitat de València como de la Politècnica se orienten hacia el centro histórico, ayudando a revitalizar espacios degradados. Ya hay ejemplos de actuaciones anteriores relacionadas con el sector de la educación superior que han tomado como campo de actuación la Ciutat Vella, como el colegio mayor Rector Peset, en la plaza Horno de San Nicolás -una espléndida rehabilitación-, o el conjunto de edificios de nueva planta en Velluters, una intervención que si bien ha contribuido a dar vida al barrio lo ha hecho a costa de desnaturalizarlo e introducir una arquitectura extraña que ha arrasado por completo todo la trama urbana preexistente. Me temo, sin embargo, que esta voluntad municipal de redirigir el crecimiento de las universidades y de salvar la huerta llega un poco tarde. Tarde, desde luego, para Vera, de la que apenas quedan unos retazos, engullida lenta pero inexorablemente por una Politècnica voraz cuyo apetito de metros cuadrados parecía insaciable. Tarde para la propia dinámica universitaria, que vive ahora una nueva etapa más restrictiva, mucho más racional, menos alocada a la hora de levantar macroedificios que luego cuesta tanto dinero mantener. Y tarde incluso para el centro histórico, que puede aceptar la microcirugía de un colegio mayor por aquí o una residencia por allá pero que ya no puede, ni debe, someterse a macrointervenciones tan agresivas como la de Velluters. En todo caso, y si es que las universidades públicas precisan nuevas instalaciones para su normal funcionamiento, me permito recomendarles que primero se centren en recuperar lo que tienen abandonado, es decir, el colegio mayor Luis Vives (la de València) y la antigua escuela de agrónomos (la Politècnica), ambos en el campus de Blasco Ibáñez y obra el primero del arquitecto Javier Goerlich, un proyecto muy apreciado por los profesionales. De paso, ayudarían a revitalizar una avenida que más allá de la polémica que le ha perseguido durante años por su fallida prolongación hasta el mar, está completamente dejada de la mano del Ayuntamiento de la ciudad, con unos jardines centrales descuidados, víctimas del botellón, llenos de pintadas en los bancos, con el mobiliario urbano destrozado y con un arbolado en las aceras que va perdiendo ejemplares de gran tamaño. Lo del centro suena bien, pero llega tarde. Si hay que hacer algo, mejor que empiecen por lo que tienen y no usan en Blasco Ibáñez.