Las Provincias

ENGENDROS DEL HUMOR

Me dan miedo los payasos. No esos que salen en la tele diciendo chistes malísimos. Aunque también podría ser. Me refiero a los payasos clásicos, los de la cara pintada de forma esperpéntica, zapatos grandes y pelo revuelto y encrespado, como cuando no te lo secas y hay humedad. Por culpa de esta fobia he sido el blanco de bromas en muchas ocasiones, y la dirección donde mis amigos envían fotos horribles de estos engendros del humor para darme algún pequeño infarto. La lógica a veces me dice que alguien que emplea su tiempo en aprender a doblar globos alargados para hacer perritos de goma no puede ser mala persona y alguna vez he intentado enfrentarme a mis miedos pensando que los payasos están para hacer reír. Pero cuando veo alguno, solo me río nerviosamente mientras tiemblo y pienso que debe de estar cerca el cálido abrazo de la muerte. No sé si es esa ropa recién salida de alguna tienda de disfraces de Halloween de segunda mano, pero entre que me persiga un grupo de asesinos a sueldo o una horda de payasos en plena noche, tengo mi elección más que clara. Por lo menos ahora he descubierto que no estoy sola. Durante los últimos meses, grupos de payasos siniestros han estado vagando por bosques y cementerios de Estados Unidos, ya sea por el estreno de la nueva entrega de la película 'It' o porque hay gente muy aburrida que los domingos decide ponerse su mejor atuendo de bufón psicópata. Sea lo que sea, la contrapartida a esto ha sido un intento de normalizar la coulrofobia, el miedo irracional a los payasos. Según un estudio, este miedo es más normal de lo que parece y tiene su origen sobre todo en su maquillaje, que esconde su identidad, sentimientos y transmite más desconfianza que sonrisas infantiles. Aunque por esa regla de tres, debería darme miedo a mí misma al volver de fiesta y mirarme en el espejo.