Las Provincias

El dilema de Schettino

En política, los apellidos no son inocentes. No me refiero a los de las personas sino a los de las acciones. Cuando se apellida un comportamiento, se está reduciendo, concretando y, por qué no decirlo, minimizando. Se circunscribe a un caso, un contexto o un solo tipo. Es la forma que tienen muchos de disimular sus actitudes para poder justificarlas.

Lo estamos viendo ahora con el concepto "'abstención técnica', 'abstención estratégica' o 'abstención patriótica' que manejan algunos desde el PSOE con tal de no hablar, abiertamente, de 'abstención'. Tras la bronca que acompañó la salida de Pedro Sánchez de la Secretaría General, los socialistas se enfrentan ahora al problema de saltar o no del Titanic en pleno naufragio. Si se quedan en el barco, probablemente se hundirán pero si se suben a un bote salvavidas serán acusados de perfidia, traición y posibilismo feroz. Es el dilema de Schettino.

Francesco Schettino era el capitán del Costa Concordia cuando encalló frente a la isla del Giglio una fría noche de enero. El accidente, evitable, tuvo el triste balance de 32 muertos pero el capitán pasó a la historia por ser el primero en saltar del barco. Las 'good manners' en el mar dicen que el capitán debe ser el último en abandonar su embarcación. Cuenta la leyenda que así lo hizo Edward Smith, el capitán del Titanic, aferrado al timón en el puesto de mando, junto a la famosa orquesta que no paró de tocar. Al del Costa Concordia, en cambio, le faltó tiempo para huir sin acordarse de los pasajeros ni de sus obligaciones ni de su honra como marino. Su vida estaba en juego y apostó por ella.

El PSOE se siente ahora acorralado por el agua y solo tiene dos opciones: abstenerse en una posible votación de investidura de Rajoy o no hacerlo y abocarnos a unas nuevas elecciones generales. La primera opción le expone a ser acusado de connivencia con el 'candidato del mal', como algunos presentan al líder del PP. La segunda, a desangrarse en las urnas definitivamente. Schettino lo tendría claro: más vale rata viva que muerta y las ratas, como se sabe, son las primeras en saltar del barco. Lo malo es cómo explicárselo a los demás sin parecer deshonesto. Para ello recurren al matiz. No se trata de una abstención sin más sino una abstención "técnica". De los tres adjetivos empleados -'técnica', 'estratégica' o 'patriótica'-, la que más me gusta es ésa. 'Técnica' tiene un sentido artificial, metálico, frío y poco humano. El corazón no está con Rajoy sino que aceptarlo es un mero requisito funcional. Con ello salvan la intencionalidad, que es lo delicado. No quieren apoyarlo pero están obligados a activar la palanca para continuar. Solo les falta añadir «por imperativo democrático». Mucha pedagogía hace falta, como reconoce el presidente de la gestora, Javier Fernández. En efecto. Aproximadamente, la de Mary Poppins: con un poco de azúcar, la píldora que os dan pasará mejor.