Las Provincias

¿CUÁL ES EL PROYECTO?

Los argumentos esgrimidos por el director deportivo del Valencia, Jesús García Pitarch, para justificar los últimos cambios deportivos en el club me recordaron a los célebres principios de Groucho Marx, que si no gustaban siempre tenía otros. En un plazo de cinco meses, los que van de la primavera al otoño, se ha variado el discurso como excusa para explicar la desastrosa situación del Valencia y para cargar de razones la destitución de un entrenador que cuando se renovó era el fuego purificador. En mayo, Pako Ayestarán compareció para defender con lícita vehemencia la idoneidad de su perfil para dirigir el nuevo proyecto. No creo que en el cara a cara con el director deportivo; con la presidenta, Layhoon Chan, y con el dueño, Peter Lim, en la intimidad de Singapur se hablara de la necesidad de recuperar cien millones con la venta de jugadores, de realizar una pretemporada hacinada con piezas del filial y que los refuerzos para la plantilla llegarían al anochecer del último día de mercado. La exigencia de Champions -Layhoon dixit- debía estar acorde a la de un proyecto a la altura. Ayestarán puede ser un buen o mal entrenador pero en ningún caso me parece un pardillo. Sus declaraciones conforme las semanas pasaban mientras las promesas incumplidas se acumulaban no eran más que un ejercicio de lealtad al club. En la presentación de Prandelli, el director deportivo tomó la palabra para argumentar lo que no tiene defensa. De las palabras de García Pitarch encontramos una nueva realidad que todos conocíamos pero que faltaba verbalizar por parte del club. Un lastre deportivo que condiciona un plan de negocio que no se sostiene alejado de Europa. Le prometieron a Ayestarán un equipo de Champions que no tuvo. La permanencia de una serie de jugadores que se vendieron. Incluso le empujaron al ridículo cuando declaró que tanto Alcácer como Mustafi se quedaban mientras el club negociaba entre bambalinas su salvavidas económico. Lo que en mayo se fijó como objetivo Champions el vasco lo aplazó a marzo porque se dio de bruces con lo que en realidad no era un proyecto sino una cuenta de resultados. La acidez de la prensa fue la salida de emergencia del director deportivo para justificar el castillo de naipes que se levantó en mayo. Matar al mensajero es el recurso fácil. El mismo que esgrimió ayer Diego Alves, que parece que no quiere enterarse de que el lazo de regalo se lo puso el club y no unos medios de comunicación que lo han respetado hasta cuando se queda colgado del larguero. Las palabras de García Pitarch sobre el cancerbero fueron tan claras como la decisión de club que tomó Ayestarán durante los dos primeros partidos de Liga. A Suso y Alves les une su acusación a la prensa. Cualquier cosa vale para distraer la ausencia de proyecto.