Las Provincias

CAUDALES SOBERBIOS

Le concedieron el premio Nobel a don Camilo y comenzó a circular la muletilla de «está bien que se lo den, pero hay que reconocer que Cela es un hombre muy soberbio». Claro que era soberbio, un tipo que revitaliza la novela española en aquellos años lóbregos con su 'Pascual Duarte' y 'La Colmena' tenía motivos para proyectar cierta soberbia. Lo de Cela se podía entender. Lo incomprensible, en cambio, venía con escritores de folletines, pura basura, que encima inflaban el pecho a lo pavo real empapados de soberbia. Ahí les sobraba la soberbia. Ahora que de nuevo posamos nuestros ojos sobre los banquillos, los acusados, los fiscales, los jueces, los abogados y los abucheadores que reparten salsa en la puerta de los juzgados, lo que nos asombra, al menos a algunos, es el soberbio caudal que acompaña a la mayoría de los implicados en el chanchullo de las tarjetas Black, ese instrumento diabólico dispuesto para tentar el temple de un hombre. Irradian soberbia, los jetas que despilfarraron los dineros con furia y alegría colmando sus caprichos, sus apetitos, sus anhelos limpios o sucios. Su actitud, en general y salvo ese abuelete que terminó llorando (¿mientras gastaba la mar de tarjetero también gimoteaba?), segrega chulería, aplomo, desprecio. Miran al fiscal con odio porque no soportan que un señor con un sueldo tirando a normal pese a la oposición que se chupó se atreva a preguntar y repreguntar. Se les atraganta el banquillo porque se sienten superiores, pequeños dioses de despachos celestiales y chófer perpetuo. Nosotros somos unos miserables insectos y ellos los gerifaltes que dominaban la tierra. Vivían en otra esfera y nuestras preocupaciones no formaban parte de su órbita. Nosotros éramos las abejas obreras y ellos las reinonas blindadas de miel y mierda que habían nacido para mandar.