Las Provincias

La buena educación

En tiempos de incertidumbre como los actuales, la educación se vuelve más valiosa que nunca. En ocasiones asisto a reuniones y charlas con padres, y no es infrecuente que algunos de ellos lamenten que a sus hijos, por muchos títulos que tengan, les espera un futuro laboral muy complicado. En ese 'muchos títulos' se incluyen grados y masters varios, además de, en algunos casos, tres o cuatro idiomas. No es que lamenten haberles proporcionado una educación tan prolongada (y costosa), sin duda para ellos ha sido un deber cumplido con orgullo, sobre todo si los padres no tuvieron la oportunidad (era otra época) de haber alcanzado un nivel semejante. Es, más que nada, la decepción de que, según me dicen quejumbrosos, «tantos estudios luego no sirvan para nada».

Indefectiblemente, a continuación, sigue el siguiente diálogo entre ellos y yo. No es que les convenza, pero al menos me empeño en que comprendan y vean que todo ese esfuerzo no ha de ser en vano. En primer lugar, porque sigue siendo cierto que la educación es un plus en el mercado de trabajo, aunque ahora, en España, por desgracia, muchas veces el empleo al que se aspira sea inferior a las cualificaciones del solicitante. No obstante, eso no significa que esta situación vaya a durar siempre, o que en otros países en algún momento no cobren importancia los estudios realizados. Aunque es comprensible la decepción, en la dinámica de estos tiempos tenemos que tener una perspectiva más lejana en el tiempo y en el espacio.

En segundo lugar, cada vez va a ser más importante la formación para interpretar correctamente las circunstancias y claves del periodo histórico al que nos enfrentamos. La educación desarrolla el pensamiento, y aunque el título académico no garantiza el discernimiento óptimo ante las encrucijadas de la vida, qué duda cabe que es una herramienta poderosa para filtrar la realidad. Pienso en todos los estudiantes de Erasmus que nos visitan. Esa experiencia tiene un sentido muy enriquecedor, y señala el camino que debemos seguir frente al pensamiento único y empobrecido que campa por doquier.

El mundo ya ha pasado por épocas turbias, y si la gente no está preparada se pueden tomar trayectorias estériles o destructivas. Como padres y maestros, nuestra principal responsabilidad es dotar a nuestros hijos de un espíritu fuerte y crítico para orientar sus vidas. Todo lo demás es contingente. En aquella parte de sus destinos que puedan controlar, nada les resultará más valioso que entender cómo hacer para, en medio de la zozobra, seguir un camino esperanzado. Nuevos horizontes, nuevas realidades; nada de eso es posible si no se han sembrado las actitudes que permiten hacer de cada día una nueva oportunidad. La buena educación (cuando el título ha acompañado un desarrollo humano sólido) es nuestro mejor legado.