Las Provincias

Pinazo

La mejor obra de Ignacio Pinazo es él mismo», escribió Julio de Hoyos en 'La Ilustración Artística'. Otro periodista, Vicente Clavel, le visitó una tarde del verano de 1912 y anotó en 'El Pueblo' que en la casa de Godella, de repente, «retumbó el eco de una tos seca y desgarrada. Era el maestro que despertaba». Pero bastante antes, en 1897, Teodoro Llorente, en LAS PROVINCIAS, había dibujado a un pintor «indeciso siempre en su trabajo, desconfiado en el éxito, tardo en la ejecución, escaso en la producción artística», un hombre huidizo que «valiendo tanto, no ha brillado como debiera».

Se podrían sumar muchos más testimonios. Pero quizá no harían sino reforzar los rasgos y signos que, durante más de un siglo, han acompañado a un artista no siempre bien conocido, no siempre bien expuesto o estudiado, por más que ha tenido la suerte de contar con unos herederos que, durante las últimas décadas, han sido sus mejores pregoneros, estudiosos y valedores.

En el último trimestre del año, los valencianos vamos a asistir a un pequeño milagro de reconocimiento hacia un gran artista de la tierra. Cuatro grandes exposiciones, cuatro, recuerdan estos días en Valencia la figura de Ignacio Pinazo Camarlench, fallecido hace cien años. El IVAM y el Muvim, Bellas Artes y Bancaixa han exprimido los fondos disponibles del pintor, y casi doscientas obras suyas se exhiben estos días en las cuatro mejores esquinas de la ciudad. Mientras tanto, se habla y se escribe de Pinazo, se estudia en profundidad la figura, el carácter, la dimensión artística de un hombre que trabajó calladamente en un viaje desde la tradición del XIX a la modernidad del XX.

En una sociedad donde Joaquín Sorolla ha brillado y brilla con una potencia capaz de eclipsar a cualquier otro que se atreva a tomar unos pinceles, hay que reconocer que lo que está ocurriendo con el retraído y discreto don Ignacio es de especial importancia e interés. Sobre todo porque las cuatro exposiciones, que cuentan con algunas obras notables venidas de otras ciudades o salidas de colecciones particulares, nos amplían, y casi agotan, las opciones de conocimiento y disfrute de un artista que no luchó contra el exitoso y brillante pintor al que en sus cartas familiares llamaba «S», sino que, sobre todo, pugnó por resolver sus propios retos y conflictos ante el lienzo.

La reunión de la parte mayor de la obra de un pintor permite al espectador comprobar los cambios que median entre una pincelada del siglo XIX y otra propia del XX. La concepción de los retratos, la seguridad de los trazos, el propio colorido, evocan transformaciones con las que Pinazo, en efecto, está trayendo a Valencia la modernidad. O mejor, viajando con ella hacia el futuro... aunque físicamente no se aleje del reducido mundo que tiene como centro la ermita de Godella. En todo caso, disfrutemos estos meses de buena pintura. Y de una satisfacción íntima: Valencia está aprendiendo a quererse a sí misma.