Las Provincias

ABUCHEOS

Durante lustros nuestros honrados jubilatas gozaron de un entretenimiento que les permitía superar su tradicional interactuación con las voraces palomas de los parques que tragaban las migas ofrecidas desde el tembleque de esas manos rugosas que, en general, habían visto naves arder más allá del Orion de la posguerra. Pero, con la crisis, ese goloso divertimento terminó como si un verdugo hubiese propinado su certero hachazo. Las obras, aquellas formidables, faraónicas obras, públicas o privadas que removían toneladas de tierra y revolvían montañas de ladrillos y de cemento, arracimaban nubes de jubilados que disfrutaban observando las evoluciones de la maquinaria pesada y de la infantería ligera. Alegraba contemplar a los mayores opinar con aplastante seguridad: «El de la retroexcavadora no endereza bien la pala...» Y así, a falta de una guerra mundial que dividía a los del casino del pueblo en aliadófilos y germanófilos, transcurrían las jornadas bajo el fragor de los motores y las tormentas de polvo. Como el sector viejuno entiende que sin distracciones la salud mengua y la vida se torna insípida, los más combativos de ellos, quizá los más afectados por los chanchullos, huérfanos de obras han optado por acudir a la puerta de los juzgados para profesionalizarse en esto de los abucheos justicieros. No me parece mal y desde luego ejercitan mejor la mente participando en esos aquelarres que sentados en el sofá sofronizándose a base de caspa catódica. Ahora bien, ya puestos, para proyectar un verdadero equilibrio en esto del escarnio, deberían de calibrar la intensidad de su abucheo según la pena que le exigen al acusado. Chicho Ibáñez Serrador implantó aquello del chisme capaz de medir los aplausos y alguien, aprovechando la tecnología, podría inventar un trasto eficaz para medir el abucheo.