Las Provincias

Sobre el Apocalipsis del clima

El Apocalipsis se debe a San Juan, el Apóstol más querido de Jesús: es el último libro de la Biblia y el único profético del Nuevo Testamento. La traducción correcta de su título es Revelación, como se hace casi siempre en las versiones publicadas en inglés. Pero en los otros idiomas, generalmente se mantiene la voz griega helénica, con un sentido de profecía de grandes acontecimientos nunca venturosos.

Apocalipsis fue escrito por Juan en sus últimos tiempos, en la Isla de Patmos, adonde había sido desterrado por dar testimonio de Jesús. Y a propósito de la obra, el teólogo español J.M. González Ruiz venía a decir que el Apocalipsis era un manifiesto críptico contra el Imperio Romano. Pero el juicio general le da un enfoque más amplio: anuncio de grandes cataclismos, por los muchos pecados de la humanidad, que al final se evitarán por el triunfo de la gran batalla de Armagedón.

Y precisamente lo que ahora se dice sobre calentamiento global y cambio climático es lo más parecido a esa profecía: el anuncio de algo muy destructor que podría suceder, a menos que se detenga la total transformación climática del mundo a peor; como propongo en el libro 'Apocalipsis del clima', el título que se presenta hoy, miércoles 5 de octubre, en la Librería Leo (Rinconada Federico García Sanchiz, 1), comentando el libro en primero término el Prof. Emèrit Bono, al que seguirán mis palabras.

El anuncio, o si se quiere, la profecía sobre el clima, tuvo su arranque en estudios de Svante Arrehnius, a finales del siglo XIX, en Suecia; con apreciaciones científicas sobre la elevación de la temperatura del planeta. Mucho después, Charles Keeling en la década de 1950, inició las primeras mediciones sistemáticas de CO2 en la atmósfera, lo que le permitió apreciar la gravedad del tema. Y fue Wallace Broecker quien, en 1975, ya habló de calentamiento global, como un impulsor antrópico de las grandes mutaciones del clima.

Luego se reforzaron todas esas investigaciones, por parte del Panel Internacional sobre Cambio Climático (IPCC), foro mundial científico de predicciones; con sus cuatro sucesivos informes, el último de ellos el de 2014, en el que se considera ya definitivamente probado que el calentamiento global y el cambio climático son fenómenos antropogénicos: la profecía de los males que vienen, tiene su base en el nefasto comportamiento de la propia humanidad, según constataciones to-talmente verosímiles.

Del grande y peligroso tema se tomó definitiva conciencia universal en 1992, con la Convención Marco sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas (Cumbre de la Tierra, Río-92, donde estuvimos, del Club de Roma, su Presidente, Ricardo Diez Hochtleiner, y yo mismo), de la que en 1997 se derivó el Protocolo de Kioto: primer propósito de mitigación -recorte de emisiones de gases de efecto invernadero, GEI- y necesaria adaptación al cambio, con toda clase de decisiones para compensar sus ataques.

Pero el Protocolo no resultó suficiente, porque su estricto cumplimiento sólo se hizo efectivo por los países de la UE y pocos más. De modo que las dos naciones más contaminantes de la Tierra, EE.UU. y China, no lo aplicaron, por lo cual ese instrumento internacional apenas cubrió el 20% del volumen de emisiones de GEI al entrar en vigor en 2005. Posteriormente, en la conferencia del Clima de Copenhague, 2009, se intentó llegar a un acuerdo verdaderamente global, que a la postre acabó en completo fiasco. Para, finalmente, superarse esa situación con el Acuerdo de París de diciembre de 2015, que aspira a que no se rebase en más de dos grados centígrados la temperatura de la era preindustrial. Si bien es verdad que con los compromisos adquiridos según el Acuerdo de París, nos acercaremos más bien a los tres grados que a los dos, y posiblemente mucho más allá.

Los seis grupos de importantes decisiones en la Conferencia del Clima de París en 2015, y que integran el Acuerdo, componen un todo complejo para la acción en el gran tema del cambio climático: de modo que lo que suceda en el futuro en nuestra atmósfera por la acción antrópica, no está ni mucho menos predeterminado, sino que dependerá de lo que se haga desde la Secretaría del Convenio Marco y del Acuerdo de París (amén del Protocolo de Kioto), que son una sola autoridad, con los nuevos resortes disponibles. Desde ese enfoque, con una visión optimista y alentadora, cabe decir que el Acuerdo, contiene una verdadera caja de herramientas; para trabajar en relación con los temas pendientes, desde ahora a 2050; a fin de ir a una sociedad baja en carbono, y de cero combustible fósil en 2100.

Esa caja de herramientas son, ante todo, las revisiones periódicas que se prevén en el Acuerdo, que podrían ser buena ocasión para forzar nuevos objetivos más ambiciosos en la doble senda de la mitigación y la adaptación. Como también están los informes de síntesis que ha de hacer la Secretaría con sus órganos anejos, que marcarán la pauta de si las acciones en curso contra el calentamiento son suficientes o hay que reforzarlas. Además, la COP, desde su periodo de sesiones número 22, en Marrakech, noviembre de 2016, contará con un conjunto de organismos de cuya calidad de funcionamiento también va a depender lo que pase en el escenario del clima: inventarios de compromisos, vigilancia de su cumplimiento, Fondo Verde de recursos financieros, mecanismo especial referente a los bosques, y todos los demás instrumentos.

Quede al final de este artículo la esperanza de que el Acuerdo de París marque una hoja de ruta efectiva. Porque como dijo el Presidente Obama al apoyarlo, no hay plan B. La alternativa es la destrucción del planeta tal como hoy todavía lo co-nocemos.