Las Provincias

Salva una vida, salva el mundo

En la lápida de Emilie Schindler, la esposa del admirable industrial de los Sudetes alemanes que salvó a unos 1.500 judios de la masacre del nazismo, se lee un epitafio que bien podría ser un 'leit motiv': «Quien salva una vida salva al mundo entero». El mensaje hacía referencia a la gesta vital de su marido en los oscuros tiempos de la II Guerra Mundial. Pero a mí me gusta usarla como lema con otros seres que hoy (permítanme la comparación y el descaro de poner a seres humanos y animales en el mismo rasero) se pueden considerar tan desvalidos y en manos de la voluntad de otros como lo estaba el pueblo judío en la mitad del siglo XX. Hablo de los animales. De los domésticos y de los salvajes. Ayer se conmemoró su día mundial y el hastag arrasó todo el día en Twitter. Ojalá no fuera flor de un día. Ojalá fuéramos más conscientes de que con el urbanismo que devora nuestras costas (como publicaba ayer este periódico, en dos décadas se ha quintuplicado en algunos municipios valencianos) no sólo nos estamos cargando el paisaje. También el hábitat de decenas de especies. Y jugando a la macabra lotería de un futuro sin agua. El suelo urbanizado ya desploma las precipitaciones. Ojalá fuéramos conscientes de que detrás de cada uno de los 130.000 perros y gatos rescatados el año pasado por protectoras en España hay un niño que sonríe menos, un jubilado sin unos ojos leales en los que mirarse una tarde de otoño y miles de vidas más oscuras y tristes. Aunque sea visto desde el punto de vista egoista, de pensar en uno mismo y no en los demás, eso tan humano, deberíamos velar más por ellos. Usted, que lee estas líneas mientras piensa en subir a su chucho al coche esta tarde y dejarlo en alguna cuneta. No lo haga. No se joda la vida.