Las Provincias

Después de la batalla

Ahora que el gran obstáculo está al fin removido, resulta que no sabemos muy bien para qué queríamos removerlo. Eso es lo que se desprende de lo que se ha podido ver y oír tras la batalla campal que se vivió en Ferraz el pasado sábado, y que se saldó con el derribo y destierro al averno del réprobo Sánchez y la conversión del partido fundado por Pablo Iglesias en escombrera de arduo reciclaje.

Parecía tratarse de transigir con el feo papelón histórico de elevar a Mariano Rajoy a la presidencia por la vía de la abstención: eso era, al menos, a lo que Sánchez se empecinaba en no acceder, y por lo que se le obsequió durante meses con un fuego a discreción escupido por tantas bocas de cañón que sólo en el asedio soviético a Berlín, allá por la primavera de 1945, se vio algo semejante (y no es necesario recordar en qué estado quedó Berlín después de aquello).

Pero ahora he aquí que los liquidadores de Sánchez no aclaran, ni confirman ni desmienten que ése, abstenerse y dejar vía libre a que el Partido Popular gobierne, sea su programa. Y por otra parte, ante el destrozo mayúsculo que la reyerta fratricida del PSOE ha infligido a sus perspectivas electorales, he aquí que los estrategas populares han empezado a sopesar la posibilidad de no requerir esa abstención, y jugar a sacar en unos terceros comicios unos escaños suplementarios para no depender del partido al que hábilmente han empujado a pasarse a sí mismo por encima el buldózer. Es la lectura más verosímil de esa exigencia de que los socialistas acompañen la abstención de otras claudicaciones complementarias, entre ellas la garantía de que, mientras ocupe la Moncloa, Rajoy dispondrá de presupuestos, es decir, licencia para gobernar de verdad, y no en ese precario al que querían y podían empujarle hasta el sábado.

Lo fascinante de esta vía es que sólo exigiría al presidente del Gobierno en funciones hacer lo que mejor se le da: nada en absoluto. Basta con dejar correr el calendario de este soleado y cálido octubre y ver cómo el pánico se apodera del que, hoy por hoy, aunque parece que por poco tiempo, sigue siendo el primer partido de la oposición. Una tentación demasiado fuerte, que acaso no pueda resistir.

Si ése es el desenlace de esta historia, y si el cartel electoral que pueda improvisarse de mala manera de aquí a diciembre (por más que venga García-Page amenazando con un megacandidato redentor) logra, como es harto probable, bajar de la raya de los 85 diputados, cualquiera que tenga un carnet del PSOE en la cartera y no decida hacerlo trizas sentirá una comprensible necesidad de preguntar a quienes lo posibilitaron en qué gaitas estaban pensando cuando se tiraron al monte. O desde lo alto del monte, que ya no se sabe.