Las Provincias

Sólo menores de 45 años

Y si mi abuela tuviera ruedas sería una bicicleta». Este aserto un poco cheli pero que ha hecho fortuna en el lenguaje de la calle encaja como un guante tras la reciente afirmación de la secretaria de Análisis Político, Carolina Bescansa: «Si solo votasen los menores de 45 años Pablo Iglesias sería presidente del Gobierno». Claro. Y si solo votasen los hinchas del Real Madrid el presidente sería Florentino Pérez o Josu Urrutia si fueran los del Athletic. Bueno, esto último lo veo más complicado. Lo que no quiere decir que sea imposible que Pablo Iglesias llegue a presidente sino que lo consiga exclusivamente con el voto de los menores de 45 años.

Precisamente porque la irrupción de los partidos emergentes ha hecho saltar por los aires todas las certezas en que se apoyaba la sociología electoral desde el principio de la democracia en España. Hasta hace poco uno era capaz, con pequeño margen de error, de acertar a quien votaba el jubilado del tercero izquierda, el profesor de Sociales del Instituto, la dueña de la peluquería de la esquina o la enfermera jefe de la planta de Oncología. Cuestión de intuición y cálculo fácil de probabilidades. O era al PP o al PSOE. Ahora un abuelo con 3.000 euros de pensión presume de papeleta izquierdista, o un asiduo de toda la vida a la Casa del Pueblo se ha hecho ciudadano centrista o una forofa de Aznar de siempre está deslumbrada por la oratoria de Errejón. Se ha producido un terremoto en la sociología electoral y no únicamente por la fractura generacional. También ideológica, genealógica, territorial, social y audiovisual.

Quiero decir que ha saltado en mil pedazos el cuadro de pautas de comportamiento en las urnas heredado de la Transición, el desencanto, el 'felipismo', el 'aznarismo' y el 'zapaterismo'. La gente antes votaba por inclinación familiar o contra la tradición de casa; por afinidad con la rosa o simpatía por la gaviota; por el abuelo republicano o el monárquico. Pero al fin y al cabo más allá del color de su papeleta la mayoría a partir de los 45 (la edad de Bescansa) terminaba de pagar la hipoteca, se abría un fondo de pensiones y empezaba a soñar con el apartamento en la playa o rehabilitar la casa de los padres en el pueblo. Aquí no funcionaba estrictamente aquello de «quien a los veinte no es de izquierdas no tiene corazón y el que a los cuarenta lo sigue siendo, no tiene cerebro».

Qué va. Se podía votar toda una vida a la izquierda o a la derecha superando las contradicciones ideológicas con unas buenas vacaciones en Cancún y a otra cosa. Ahora es diferente: un tendero de las Ramblas de derechas de siempre te puede dejar de una pieza votando por Ada Colau y un agricultor de la burguesía rural de Balaguer inclinarse por Esquerra Republicana. Así que las encuestas fallan más que una escopeta de feria. Y con la crisis del PSOE va a ir a peor.