Las Provincias

Un 9-O inclusivo y multirreligioso

Y no poder hacer una derechas? Pues no hay manera. A todo le tienen que añadir un toque de moralina y de modernez que fastidia el invento. ¿Estará bien que el Ayuntamiento de Valencia fomente la celebración de la festividad de Sant Donís? Está de cine. Sobre todo porque de manera harto incomprensible no era lo habitual. Ni mucho menos. El anterior apoyo público conocido a esta hermosa costumbre data de 2013. Un anuncio de la Generalidad en el que se podía leer: «9 de octubre. 'La mocadorà'. La fiesta más dulce». El mérito de la preservación de esta tradición es todo del Gremio de Horneros y Pasteleros, que aguantó como pudo la imparable competencia de San Valentín, sin más apoyo que el de la prensa valenciana. Suerte que no tuvo otra joya de nuestra repostería ligada al calendario litúrgico, «la casca», arrumbada totalmente por otro competidor foráneo, el insípido roscón de Reyes, una especie de mona desaborida por más complementos que se le añadan. «La casca», en cambio, peca de lo contrario: empacha, y eso ha jugado también en su contra. La cuestión es que ante la inminencia del 9 de octubre al concejal de Comercio Carlos Galiana no le pareció suficiente encargar una campaña de recuerdo al uso, y la pidió con mensaje. Y no un mensaje subliminal y discreto, no. Nada de medias tintas. Un mensaje explícito a más no poder, al más puro estilo realista soviético. Un cartel tan directo que parece pensado para el día del orgullo gay. Con lo claro que está que el sintagma «día de los enamorados» no hace distingos de edad, raza, sexo o religión. Pues, no señor. Este digno representante de la II Transición quería dejar bien sentado que entre «los seres queridos» merecedores de una buena 'mocadorà' puede haber personas del mismo sexo, como ya decía el más antiguo reclamo del Gremio. Y a fe que lo consiguió mostrando a dos peras cogidas de la mano. Y gracias porque con la variedad de frutas de mazapán que se elaboran, o con la 'piuleta' y el 'tronador', podría haber compuesto un cuadro mucho más impactante. Para ver si así picaba el arzobispo y se formaba otro tiberio, como casi parecía lamentar que no se hubiera producido una colega.

Es como la procesión cívica de la Senyera. ¿Era preciso llegar y apear al santo? Se diría que sí, a juzgar por la rapidez con que Joan Ribó alteró el recorrido. Total para un año después incurrir en la doble contradicción que supone convertir el desfile en un acto ecuménico, multirreligioso en la información oficial, invitando a participar personalmente a católicos, evangélicos, judíos, musulmanes, ortodoxos, budistas, hindúes, bahá'ies, sijes y otros credos. Cuando se suponía, o al menos eso alegó en 2015, que lo que perseguía era de laicizar la parada a la que, por lo demás, siempre se sumó quien quiso.