Las Provincias

HABEMUS VORO

Cuando redacto la columna es Voro el que se sentará el domingo en el banquillo local de Mestalla. Cuando la repaso para enviarla parece inminente la fumata blanca previa a la fórmula del 'Annuntio vobis gaudium magnum: Habemus Cesare Prandelli'. Confieso mi radical ignorancia en materia táctica, y sobre la influencia de los entrenadores en los resultados. Siempre he sido más del entrenador discreto tipo patio de colegio que elige a los mejores, y se limita a que los jugadores se diviertan en el campo. No paso de las cuatro reglas: que jueguen los mejores; que se ataque cuando se ha de atacar, y se defienda cuando se ha de defender; que es mejor ganar que empatar, y que si no hay nada mejor que hacer, balones al delantero. Pero la táctica se enseña y es objeto de tasas, diplomas y títulos. El fútbol infantil de mis hijos, y la visión del liderazgo en la política, y en la manera de enfocar el trabajo, me ha enseñado que en materia de dirección colectiva, hay perfectos borregos que te amargan el trabajo, pero también maestros de la motivación. Se debaten los requisitos a cumplir por el nuevo míster: el idioma, su vocación defensiva, su proximidad a intermediarios, el grado de dureza con el vestuario, su capacidad teatral en las ruedas de prensa o la acreditación de su hoja de servicios. De la combinación de requisitos saldrá el rodaje de una comedia, un drama o una bella película. Yo tengo la mía. Para mí el entrenador del Valencia debería ser una persona a la que poder mirar a la cara. De remotísima coincidencia con jugadores en establecimientos de ocio, más allá de una prudente hora para recogerse. Felizmente casado, o en pareja, da igual del género que sea, y poco dada al protagonismo en las ruedas de prensa. Un poco más evolucionado que decir simplemente que le gusta la paella. Una persona sosegada que no venga a hacer amigos, ni sustente su permanencia en el pálpito de la grada. De amabilidad natural y no exagerada. Vestido con discreción, sin que parezca que el área técnica del banquillo sea la proyección de la pasarela. Lo mire por donde lo mire, a mí me sale el retrato robot de Voro, y lamento que sea él mismo quien no se lo plantee. Gran parte de los nombres que circulan no serán capaces de ofrecernos su compromiso. Pero Voro intuye sabiamente, que debe existir algún dilema en la teoría matemática de juegos, que demostraría que en el preciso instante en que comienza a cantarse el generoso «¡Voro, quédate!», en el hemisferio egoísta de nuestras antípodas cerebrales, ya se escucha el «¡Voro vete ya!». Solo por habernos salvado tantas veces ya forma parte de la historia gozosa del club, como para proclamar, cuando sea necesario, 'Habemus Voro'.