Las Provincias

El gran carnaval

a azotea de la sede del PSOE adquirió contorno de patio carcelario y se mascaba el motín. Corrillos, gente paseando, negociaciones... Las bandas se preparaban para la batalla final por el control. Sólo faltaba aquella estampa gloriosa, inmortal y esquinera de Javier de la Rosa papeando un bocata de mortadela bajo la sombra de los muros.

En el exterior floreció ese gran carnaval como de peli de Berlanga o Wilder. El ambiente callejero palpitaba, evolucionaba, menguaba, aumentaba. Curiosos, vecinos, militantes al borde del infarto, unos que preparaban una paella (¿Paella madrileña? Uf) para que los chicos de la prensa comiesen algo caliente, quizá un vendedor de lotería (cuando se arracima el gentío siempre hay un vendedor de lotería a la caza), policías evitando el nefasto reparto de guantazos, insultos, ripios ofensivos, en fin... No irrumpió de milagro, y porque la calle estaba cortada, unas de esas furgonetas que venden perritos calientes de diseño (¿Foodtrack?), pero hubiese estado bien porque el espectáculo invitaba a zampar esa basurilla de casquería industrial que tanto nos anima. Y ya no sé si el tono de feria popular que empapaba la atmósfera pertenece a la condición humana o en esto los españoles somos campeones. Cuando el dramón emerge con potencia termonuclear los detalles entre casposos y dadaístas acompañan la movida. Tras desbaratar el golpe de 23 F averiguamos que las existencias de licores del bar de Congreso se habían evaporado. Una noche larga regada con coñac se acorta. Tras la caída de Sánchez han descubierto un menda, el que portaba muy bravo la pancarta donde se leía lo de «Los barones del PSOE son Mafia», que pertenece a la escudería podemita de Teresa Rodríguez, la compañera de Kichi. Nuestra fauna y flora desde luego no está en peligro de extinción, al contrario.