Las Provincias

Socialdemocracia

En el quirófano, abierto en canal, casi muriéndose, un partido de siempre, de muy larga trayectoria; un colectivo político encarnado en la Historia más feliz y más triste de España. Carlos Marx aprobó personalmente los estatutos que le mandó el abuelo fundador, Pablo Iglesias Posse. Pero lleva así, desangrándose, perdiendo votos, desde hace más de treinta años; sin encontrar el líder que, desde los nuevos tiempos, consiga adaptarlo a las necesidades del siglo XXI.

Es el PSOE que pugnó por el descanso dominical y logró que los niños y las mujeres no tuvieran trabajos penosos; y es también el que, olvidando las penalidades de la guerra civil y del exilio se reconstruyó de la mano de Felipe González cuando, en 1979, se la jugó todo a una carta para abandonar el marxismo. El líder que ahora ha apretado el botón de expulsión de Pedro Sánchez, tiene y tenía intuición de la historia y sus compases. Ha leído, ha viajado, sabía y sabe por dónde va la aguja de marear en esa Europa y en esa OTAN donde, para lo bueno y para lo malo, insertó a la vieja España. Diez años después de aquella gestora de Carmen García Bloise, de la vergonzosa defenestración de Martínez Castellano, se vio todo: el andamiaje del comunismo se vino al suelo y con él comenzaron a morir todos viejos partidos marxistas, hoy reducidos a cenizas o testimonio del pasado.

«No hay mal que cien años dure», dice el refrán. La Revolución de Octubre, la toma del Palacio de Invierno, cumplirá un siglo el año próximo. El comunismo será recordado como una ideología que, junto con los fascismos y el nazismo, causaron a la humanidad infinitas dosis de muerte, daño y sufrimiento. Sin embargo, el socialismo no ha muerto. No tiene por qué extinguirse una ideología que, desde los parámetros que caracterizan la democracia y la economía de una Europa extendida, siga velando por las libertades y las mejores condiciones de vida de los trabajadores, pensionistas, discapacitados o desprotegidos. Aceptado sin duda que el liberalismo tiene muchos y no pequeños excesos, la sociedad reclama que la socialdemocracia haga de contrapeso.

Se necesita un socialismo democrático. Está en los cimientos de la Constitución. Y, sobre todo, se necesita la voz potente y digna del socialismo más sensato para hacer frente, y contener cuanto antes, el desafío más grande de España, que es el de la insensata independencia de Cataluña.

Sánchez es el enésimo líder que ha fracasado. Demasiado partido, demasiada historia y responsabilidad, para tan poco bagaje. Lo grave es que hay todavía mucha, demasiada militancia --el electorado, atención, es otra cosa-- que no entendió las decisiones de Felipe en el año 1979, meses después de que aprobáramos la Constitución. De modo que la paradoja del PSOE es mayúscula: los afiliados están matando un partido que tiene, esperando que se adapte, al menos a tres millones de electores potenciales... Que sí, son socialdemócratas, seguramente sin saberlo.