Las Provincias

Para lluvias, en la montaña

Plou poc, però per a lo poc que plou: plou prou!» y «Nunca llueve a gusto de todos», suelen ser las expresiones que nos vienen a la boca -en esta comunidad bilingüe- en cuanto llega el otoño.

Ante nuestras primeras lluvias de la recién estrenada estación, no he podido evitar quedarme un rato meditando; mientras contemplaba las gotas a través del cristal de la ventana. Estos han sido mis pensamientos:

Árbol pararrayos. En caso de fuertes lluvias y en pleno monte, el instinto nos conmina a refugiarnos y lo más rápidamente posible. Pero, con frecuencia, puede no quedarnos al alcance de la carrera ni la cueva rocosa acogedora ni la caseta de campo aislada. En esos casos es difícil resistir la tentación de cobijarnos bajo la copa falsamente paragüista de la gran encina o del pino robusto. Ignorando que su alta talla (mástil) y voluminosa masa (parabólica) enlaza profundamente, a través de las múltiples y hondas raíces con la 'masa' de la 'tierra'. Díganlo, si no, los numerosos rebaños de ovejas y otras piaras -descuidadas de la sabiduría natural de su pastor- que han pasado por el asador antes de ser vendidas.

Badenes inundables.Quedados ya, en la lejanía de los tiempos, los planes de desarrollo franquistas que tantos y tan sólidos puentes labraron en todas las carreteras de los interiores españoles (incluso las más raquíticas) con demasiado frecuencia -ahora- se salvan las torrenteras de las pistas rurales mediante la capa hormigonada de un badén; al que se le cuelga el cartel de 'inundable en caso de tormentas' y, por tanto, 'en caso de lluvia no pasar'. Pero el padre de familia responsable, la madre conductora de todo terreno preocupada o el joven atrevido, porfían por salir de la amenaza atmosférica sobre sus cabezas y por llegar a casa lo antes posible; afrontando el riesgo (¿ignorándola, desde sus estudios escolares?) que la ley 'arquimédica' marca de que el agua mueve un cuerpo humano de su sitio con sólo diez centímetros de nivel y, lo más importante, hace flotar y derivar a un monovolumen con solo veinte. Otra ley, la de Murphy, puede encargarse de que el coche vuelque por el lado de la puerta del conductor, aherrojándolo, y para colmo, siempre del lado más turbulento y profundo: el de la corriente aguas abajo.

Casas junto al río. Los primeros llegados a un terreno donde hay río, históricamente, han buscado la colina o altozano más próximo para asentarse. Pero las comunidades urbanas fluviales se han vuelto tan grandes, ya, que sólo parecen quedar libre de ladrillo las orillas o márgenes. Ciclos climáticos van cambiando la perspectiva de los cauces y, a la postre, los refranes advertidores sirven de bien poco para viviendas insostenibles, aunque con sueños nocturnos arraigados. Después, siguiendo el mal ejemplo y envalentonados con la floja administración urbanística, las casetas 'de campo' y hasta los chalets de diseño propio se han ido acercando hasta las mismas aguas o plantándose en antañonas marismas aplanadas. El aviso nocturno a los pernoctantes, con ocasión de pluviosidad intensa (al margen de los electrodomésticos y muebles mojados) puede acabar convertido en arriesgadas extracciones a través de la techumbre; en caso de que haya suerte.

Cauces sucios. ¿Hay algún suelo más fértil que el que tiene la mayor proximidad al agua y que queda reabonado por cada pasada de tierra de arrastre?. Así, florece preciosa la vegetación de ribera: cañas, matorrales, hierbas, arbustos, enredaderas.; copando la volumetría evacuadora de regueros, barrancos, ramblas o ríos. Sirviendo de escalón coadyuvante para que las aguas del fondo asciendan hacia los laterales desbordadores. ¿Y no es en verano, con el calor, cuando la vegetación engorda?. ¡Ay del municipio cuyos ediles se paseen poco por las sendas ribereñas, no atendiendo y disponiendo sobre el estado de limpieza y fluidez de las arterias fluidoras!.

Bienes de consumo. Las casas de las zonas agrícolas, antaño, tenían próximo un basurero -más bien raquítico- donde iban a parar los residuos no consumibles o reciclables. Una vez las sobras de las comidas llegaban al gallinero, el estiércol a los campos, las botellas vacías a la despensa, los cartones y sacos a la andana, los clavos y alambres a la 'caja de las herramientas' y las paneras y cajones al granero. Cincuenta años atrás, no podíamos prever la eclosión de los envases, los contenedores, los soportes, los envoltorios, las grandes piezas de ensamblaje. que se iban a apilar en patios, campas y macronaves. Todo cuanto ahora, no sujeto como las cargas de los viejos buques, suele flotar en las riadas; atropellando bienes inmuebles y, lo que es peor, sellando por acumulación aleatoria sifones, desaguaderos y hasta luces de puentes sobre grandes infraestructuras.

Desprendimientos de rocas. Las montañas son preciosas, sobre todo cuanto más recortadas. Es decir, cuando son como glaciares; cuyo borde frontal queda al próximo caer. Precisamente por su naturaleza diaclásica, por sus pies de barro margosos; por ser como máquinas expendedoras de refrescos, alerta para empujar otro objeto tras la entrada del valor por la ranura. Entre sus grietas, ya previamente abiertas, se depositan las monedas del agua; que reblandecen o, en el peor de los casos invernales, empujan como martillos mecánicos con sus cuñas formadas de hielos. Entonces se produce la 'sulsida' y con estruendo finmundial resbalan por la ladera, o se precipitan directas, las toneladas de masa rocosa y tierras que, con suerte, no alcanzarán a nadie viviente.

Imbornales taponados. Dan igual las papeleras, muchos papeles van a la misma cinta asfáltica; directamente. Además, están los árboles; también responsables, por tanta hojarasca jardinera. Y las escoba barredora no alcanza a llegar a tiempo para atropar, papeles, hojas., antes de que se escondan a la mirada por los desaguaderos y se queden, dentro, agazapados como ratas. Sólo que los roedores desaparecen en cuanto huelen avenida húmeda y los despojos permanecen inertes. Hacer tapón es lo más corriente en las ciudades y grandes pueblos donde: ni están en ladera pina (más bien en plana cuaternaria) ni acostumbra a llover a ratos, dándosele un enjuague a las tuberías.

Infraestructuras en lo hondo. Cuando los campos regables de las vegas son alcanzados por el desarrollo de los urbanitas, entonces pasan a convertirse en solares valorables. De atontados sería cultivarlos, mejor dejar que la administración los recalifique como polígonos industriales y serviciales. Así acaban plantificándose en las partes bajas las grandes instalaciones fabriles y las sociales: hospitales, institutos, supermercados. y hasta, si caben, los mismos parques de bomberos achicadores. Y cuando las aguas suben, tras lluvias torrenciales, se da la casualidad de que suelen deslizarse -primero- por las partes más hondas y van subiendo, poquito a poquito (o rápidas), para cobrarse el 'peaje' con las costosas maquinarias, las valiosas mercancías, los delicados equipos o los materiales especializados.

Pantanos llenos. Es una suerte tener los pantanos vacíos cuando llueve; al menos, un poco vacíos. No tanto como ahora, que están secos. De lo contrario, se hace imprescindible 'abrir la mano'; desperdiciar, rápido, el caudal. No vaya a ser peor la sobreabundancia que la carencia. Descargar, para poder acumular. Sobre todo cuando lo que se nos viene encima es imparable. Aunque no parece que vaya a ser este año el caso. No tanto por la vaciedad pantanal como por el propio relleno que se espera, de un ciclo climático que nos tiene quemados. Pero., ¿qué podría pasar -caso contrario y por voluntad de los cielos- en Cortes de Pallás? En ese largo, inmenso, profundo embalse; lleno hasta los topes cada día del año. Ese pantano que no aparece nunca mencionado cuando la Confederación Hidrográfica da sus partes de niveles en la cuenca del Júcar...