Las Provincias

EL OFICINISTA

Víctor, conocido como 'El Cañones' de Pelayo, se retiró ayer de la pilota. No fue una estrella ni un tipo carismático. Víctor, con todo el respeto, fue un oficinista del trinquete. No estuvo nunca en la cúspide del escalafón, pero se mantuvo firme hasta los 41 años. No abundan los trofeos en su casa de Pérez Galdós, pero pocos han llegado tan lejos.

No estuve en Pelayo, así que no sé si se llenó, aunque intuyo que iría mucha gente porque los aficionados a la pilota han sido, desde que yo conozco, personas generosas y con memoria. Nunca escatimaron en homenajes ni despedidas. Y se aflojaron el bolsillo en infinidad de festivales para fines bien diversos. Aún recuerdo un fantástico viaje a San Juan, en Argentina, donde los emigrantes valencianos hacían reverencias a los pilotaris porque gracias a ellos habían podido levantar el único trinquete que existe fuera de la Comunitat.

De Víctor todos destacan que era un gran rebotero. Y alaban sus manos en el dau y els caps. No abundan las anécdotas. Él era un oficinista que iba al trinquete, cumplía y se marchaba después de decir adiós. No se le recuerda una palabra más alta que otra ni un mal gesto. Un cavaller.

Le faltó jugar al aire y alma de líder para ser un campeón, pero su mérito fue sobrevivir desde la era de los pilotaris del pitillo en el vestuario hasta los atletas del siglo XXI. Víctor no faltó a la oficina ni con unos ni con otros. Compitió con Oltra y con Soro III.

Grau era el complemento perfecto para él. El mitger, también de Pelayo, de esa magnífica generación que abarca a Pedro, Pedrito, Peluco, Pastor, Solaz, Tino o Miguelín, sabía cómo espolearlo. «Venga, Víctor, hazme un regalito», solía decirle. Y el resto cogía, disparaba el cañón rozando la cuerda y conseguía el quinze.

Después se marchaba a casa. No fue de los sibaritas ni de los juerguistas. Ni de los que iban a Los Caracoles ni de los que acababan en el pub de Chema. Él era un hombre casero. Durante décadas vivió bajo el paraguas de su padre, que le acompañaba a todas partes. Murió hace seis años, pero antes de irse le dejó la vida encauzada, como si no quisiera dejar de protegerlo nunca.

Víctor no necesita mucho para vivir. Un buen coche y poco más. Uno de los pocos lujos que se le conocen es el gimnasio que se montó en el chalet, en la Pobla de Vallbona, para cuidar su elástica musculatura, la que se retorcía en el dau para soltar esos pepinazos que obligaron, como si fuera el mismísimo Eusebio, a prohibir mandar la pelota a la galería en la jugada inicial.

El resto se despidió en el nuevo Pelayo. No quiero ni calcular el dinero que lleva gastado en la Catedral de la pilota José Luis López. El empresario del libro está haciendo todo lo que se le ocurre por mejorar la instalación. Cueste lo que cueste. Aunque derrocha dinero y voluntad, quizá está haciendo el esfuerzo donde menos cunde.

Pelayo necesitaba nuevas luces, más ventilación, mejores aseos. Modernidad y comodidad. Sí. Pero lo que más urge en el trinquete más antiguo es gente. Público. Y eso, me temo, no se compra. Ahí se echa en falta a todos los que sacaron el pecho cuando la amenaza de un cierre irreversible flotó sobre esta reliquia del deporte. De repente moló defender la causa. Se crearon etiquetas en las redes sociales (#SalvemPelayo). Radios que jamás dedicaron un minuto al deporte autóctono, concedieron entrevistas a los hermanos Tuzón, los antiguos inquilinos. Los periódicos acudimos a preguntarle al propietario, creándole, sin quererlo, el escenario perfecto para sacarle más dinero al bueno de José Luis López.

El dueño se enteró, entonces, de que era un delito cerrar una catedral, así que bajó sus naipes y subió la apuesta. Impulsado por esa espontánea e insólita corriente de la sociedad valenciana, con los políticos prometiendo que no lo dejarían morir, jugó con las cartas marcadas ante el comprador.

Hace un par de jueves pasé por Pelayo. No había más de treinta espectadores en la partida de juveniles. A la buena se apuntaron algunos más. ¿Qué fue de las promesas de los políticos? ¿Por qué no ayudan de verdad? Ellos tienen la infraestructura y la autoridad para meter la pilota en los circuitos turísticos, para promocionar el trinquete de la ciudad, para hacer algo que no sea una pose despreciable. ¿Acaso saben quién es el Cañones? Hola, ¿hay alguien ahí?