Las Provincias

LA MIEL, DULCE DEL PROFETA

Como una escena inmemorial, cuando en el más lejano de los tiempos, el hombre tuvo que ingeniárselas para alimentarse, las pinturas rupestres de Bicorp certifican como extraían la miel de las agrestes colmenas prendidas en riscos. La miel fue buscada en estas latitudes siempre; mejorarían las técnicas de extracción y elaboración los romanos, y su uso se convertiría tanto en necesidad como en lujo con los árabes, quienes estudiarían la cría y reproducción de las abejas, destacando por la sistemática enseñanza el 'Tratado de Agricultura' de Ibn Wäfid.

Abundan, como siempre, las metáforas líricas en los textos referentes a la miel; y si los clásicos afirman que era un fino rocío caído de las plantas que después lamían las abejas, de ahí la diferencia de sabores; en los poemas amorosos gana importancia, y sabor a miel tienen los besos de los enamoraos, sus labios y la saliva. En el Libro Sagrado del Islam, la azora dedicada a la abeja habla también con todo detalle de sus cualidades terapéuticas a los símiles que pueden descubrirse en el cuerpo de su amada; sin olvidar -claro- que era el dulce preferido del Profeta.

La sensibilidad de los observadores árabes, siguiendo el vuelo de las abejas que se posaban en matas floridas, arbustos y árboles, les inclinaron a afirmar que en España la mejor miel era la que conseguían de la ajedrea, siguiéndoles la del romero, el tomillo y el brezo.

En tierras valencianas, la tradición colmenera debió culminar con la aceptación de la cocina morisca, tan dada a la miel, no sólo en los dulces -llamados frutas de sartén- cuando se ofrecían como agasajo a los mercaderes en los zocos, costumbre que se mantiene en el Magreb por creer que el dulzor anima a los compradores.

Avenzoar también la elogia como elemento para curar enfermedades, sobre todo si es clara, la que puede traspasar la vista; y no es demasiado espesa, ni muy sutil; sus propiedades -afirma- se acentúan por ser 'viva', no destruida por el fuego. La miel es eterna y hoy la encontramos en todos los puestos de mercados y ferias medievales; mantiene leyendas amorosas de los árabes.