Las Provincias

Lenguaje (animal) políticamente correcto

Después de la revolución del lenguaje para adaptarlo a lo políticamente correcto, es decir, el ya famoso vascas y vascos, compañeros y compañeras, miembros y miembras, catedráticos y catedráticas, de un momento a otra va a llegar una segunda ola reformadora de nuestra manera de hablar y que en este caso tendrá que ver con los animales. Porque ya sabe usted, y si no lo sabe yo se lo cuento, que el culto a las mascotas se ha instalado en nuestros hogares como una tendencia que ha llegado para quedarse y que va a ir a más. Curiosamente, a menos niños (España es uno de los países de Europa con unos índices de natalidad más bajos) cada vez más perros y gatos, que no digo yo que esté ni bien ni mal, simplemente me limito a constatar un dato. Vayan preparándose académicos de la RAE para el revisionismo que está a punto de instalarse en nuestra sociedad. Porque, vamos a ver, ¿qué es eso de que para insultar a alguien haciéndole ver sus escasas luces se le llame 'burro' o, peor aún, 'asno'? ¿Qué han hecho los unos y los otros para merecer semejante trato vejatorio? ¿Y qué me dicen del 'perro' (muy malo, indigno, persona despreciable) y de la 'perra' (ramera, prostituta)? Esos seres vivos (que no humanos) tan fieles, el mejor amigo del hombre reducido a subcategoría en el diccionario. Intolerable. Por no hablar del uso de expresiones como «se ha puesto como una vaca», como si las vacas que nos dan su leche se hubieran hecho merecedoras de ser permanentemente comparadas con gordos (y gordas). Incluso cuando no tiene un sentido peyorativo debería revisarse, por ejemplo el clásico «está hecho un toro», destacando su fuerza, pero es que la fuerza de un toro se mide sobre todo en una plaza, en una corrida... ¡Va de retro Satanás! Hasta ahí podíamos llegar. Si es que por donde mires hay que modificar el lenguaje. «Es un loro», para referirse a alguien que no para de hablar, otra vez un uso despectivo de un animal tan hermoso y simpático. «Vieja urraca», tres cuartos de lo mismo, una mujer anciana, de mal genio. «Es lento como una tortuga», ¿y por qué una tortuga?, ¿no sería mejor decir es lento como la instrucción del sumario del caso Gürtel o del caso de los EREs? «Tan rápido como un galgo? ¿Cómo, un galgo, un galgo de aquellas carreras en las que se les obligaba a correr a los pobrecitos míos detrás de una liebre de mentiras mientras los espectadores de un canódromo hacían apuestas a su costa? «Un tiburón de las finanzas», «es una hiena», «una rata de alcantarilla», «una serpiente», «es una zorra» (aquí pasa como con el perro y la perra, es lo mismo pero no es igual...). En fin, que hay mucho trabajo por delante y que cuando aún no nos hemos acostumbrado a las miembras, las vascas (entiéndanme bien) y a las catedráticas, nos va a venir de sopetón este nuevo cambio. Playas para perros, perros en los autobuses y en los hospitales, zoos bajo sospecha... Lo siguiente, sin duda, el lenguaje.