Las Provincias

Bandos y bandas

Susana Díaz utilizó el jueves pasado dos palabras claves para entender la naturaleza de la política contemporánea. Se refirió al PSOE para afirmar que en su partido no hay «bandos» y no es una «banda». Cuando estas palabras se usan al otro lado de Despeñaperros, el imaginario social se desplaza, necesariamente, a la historia del bandolerismo español del XIX donde aún circula la leyenda de «Siete niños de Écija» y «José Pelagio Cobacho», conocido como José María «El tempranillo».

Situados allí parece más fácil entender lo que está sucediendo en este partido donde la historia del bandolerismo puede ser una clave interpretativa para entender el presente. Una clave con la que volvemos a recuperar para las propias organizaciones la dialéctica amigo/enemigo, donde los estatutos, las normas y las leyes son interpretadas según convenga y, sobre todo, unas prácticas donde no hay transparencia, honestidad y juego limpio. Mientras la experiencia de la democracia «liberal» requiere formalidad, la experiencia del bandolerismo se ampara en la ley del más fuerte, del más astuto o del más hábil. Mientras los liberales reclamaban altura de miras, luces y taquígrafos, los bandoleros actuaban en la oscuridad. Mientras los liberales no se esconden e intervienen de día, los bandoleros se esconden, actúan siempre entre dos luces y viven de la intriga.

Esta clave interpretativa no sólo es importante para entender lo que está pasando en el socialismo español sino para entender la reciente historia organizativa de nuestros partidos. Podríamos irnos a la historia política de la transición y comprobar que la clave es muy útil para entender la historia del anarquismo, comunismo o socialismo. Sin necesidad de entrar en detalles, la historia de los liberales, democristianos o conservadores también puede leerse en esta clave. Los más talluditos aún recordarán una expresión lapidaria de aquella época en la que se dinamitó UCD: «cuerpo a tierra que vienen los nuestros». Y otra que expresaba, no la sorpresa del votante, sino del cuadro medio del partido con responsabilidades orgánicas cuando, agónica y existencialmente, afirmaba «¡.yo ya no sé si soy de los nuestros!».

Lamentablemente, los socialistas no están dando ninguna lección de ejemplaridad publica y visto con frialdad, el espectáculo internacional es bochornoso. Cuando en los partidos no hay deliberación pública, no hay debate de ideas, valores o principios, lo único que quedan son los caprichos y las ocurrencias del bandolerismo. Entre nosotros no hace falta cruzar Despeñaperros porque en las ejecutivas locales aún se usan expresiones famosas como «lermistas» o «ciscaristas». Y tampoco hay que remontarse muy lejos porque el Bloc, Compromis, Podemos o Ciudadanos, hoy por hoy, están organizados en «bandos y bandas». ¿Qué eran, si no, «zaplanistas» y «campistas» en el PP?