Las Provincias

La parte oscura

A estas alturas de desgobierno, no creo que haya un solo español mayor de edad que no disponga de una solución instantánea para los problemas esenciales del país, incluidos en ellos los problemas domésticos de cada cual, ya que un país bien entendido parece ser que empieza por uno mismo.

Si curiosea uno por las redes sociales -que han sustituido en buena parte a la tradicional politología de taberna-, percibe que entre un buen número de personas de clase media ha arraigado un sentimiento heroico, un tono revolucionario de reivindicación en el que son frecuentes no ya sólo las palabras 'barricada' o 'lucha', sino incluso 'guillotina' o 'fusilamiento', aplicadas estas dos últimas a esos políticos profesionales que tienen la desventura de no disfrutar de sus simpatías. Por si queremos ración doble, ahí tenemos a los comentaristas de los artículos y noticias de la edición digital de los periódicos: esos exegetas que, por lo general bajo pseudónimo, glosan con exaltación -y a menudo con una sintaxis y una ortografía discutibles- lo que han leído o lo que han creído leer, ya que no resulta excepcional el hecho de que la glosa no tenga nada que ver con su referente. El asunto, por ser risible, debería dar risa, pero el caso es que acaba dando miedo. El miedo que dan los razonamientos de raíz viciada o de secuencia defectuosa. El miedo que dan las ideas desportilladas. El miedo que da, en suma, la idiotez.

Algunos políticos intentan pintarnos un panorama sociológico en el que el trabajador llega a su casa confortable y saneadamente hipotecada, sin inquietudes salariales que le agrien el ánimo, y se pone a ver en familia un programa televisivo de entretenimiento con la felicidad despreocupada de los campantes, de los premiados por un sistema social que recompensa no sólo la codicia de unos pocos, sino también el esfuerzo de la mayoría. Otros optan por sugerir una imagen global que presenta algunas sugerencias escenográficas decimonónicas: el obrero que, recubierto de carbonilla o impregnado de grasa de motores, llega de noche a su casa sombría, tras ganarse un salario mísero, y se pone a leer a Carlos Marx a la luz de una lámpara de queroseno.

Lo que nadie se atreve a proclamar es la parte oscura: ese porcentaje determinante de personas que disimulan su analfabetismo político mediante un alarde de hiperpolitización, ya sea vociferando en los bares o bien tecleando anónimamente una barbaridad sin pies ni cabeza. Ese porcentaje que decide el entramado de todos. Los políticos saben que su porvenir depende de quienes confunden el razonamiento ideológico con el exabrupto visceral. De ahí que el discurso político esté obligado a degradarse en beneficio de la simplificación de las consignas y de las promesas volátiles. De ahí tal vez, en cuentas muy resumidas, esta cadena de despropósitos.