Las Provincias

LOS HIJOS DEL MAYOR JAIMES

Hace ya cinco años asistí, por cosas del destino, al funeral de una víctimas de las FARC. Visitando la catedral de Medellín, me vi rodeado de militares, coronas de flores y llantos. Casi sin percatarme, me encontré ante el féretro custodiado del mayor Félix Antonio Jaimes Villamil, que había sido asesinado en una emboscada de la guerrilla. El mayor Jaimes estaba casado y tenía tres hijos.

Esta semana, cuando en Cartagena de Indias el Gobierno colombiano y los representantes del grupo terrorista firmaban la paz, me acordé de ellos. Del militar asesinado y de su familia. Y de la sangrienta factura que había dejó medio siglo de atentados. Vidas hechas añicos por ese volcán devastador que puede esconderse en el ser humano. Ese hombre capaz de ponerse la venda en los ojos, en nombre de no sé qué ideología, creencia o ambición, y que, con la lucidez ciega, se dedica a asesinar sin compasión.

La firma de la paz, que ahora deben ratificar en referéndum los ciudadanos, ha sido una gran noticia. Eso sí, repleta de sabores agridulces. Dulces, porque las balas pasan a convertirse en parte de ese bolígrafo con el que se selló el silencio de las armas. Agrios, porque se espolean los sentimientos al recordar miles de víctimas y tras ellas, familias que viven convulsionadas este momento histórico. Cada una a su manera. Y todas ellas respetables. El dolor puede ser eterno.

El terrorismo, como la guerra, es la mayor lacra que arrastramos los humanos desde siempre. Nos entregamos a debates encarnizados, a la crispación desbordada, a la violencia gratuita en nombre de divinidades respetables pero que nunca avalarían la sangre. Nos entregamos a la autodestrucción sin darnos cuenta de que la persona que tienes enfrente -sea de un color u otro, de una ideología u otra, de un territorio u otro- es alguien como tú: un corazón que bombea, una huella dactilar, unos pulmones por los que respirar el mismo aire.

Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño, alias Timochenko, cerraron una etapa que deja 260.000 víctimas mortales. Y me estremece sólo el escribirlo. Porque me acuerdo de situaciones cercanas, aún pendientes de ser selladas; y del terrorismo islamista que ha abierto en canal el planeta; y de las bombas indiscriminadas hacen saltar por el aire a diario el futuro de niños, de sus padres.

Pensando en ello, me imagino ante la casa de Gabo. Allí, en la Cartagena de Indias donde se firmó la paz. Me imagino sacando, por el húmedo muro, el alma del Melquiades de 'Cien años de Soledad'. Él con dos grandes imanes, listo para atravesar el planeta y capturar armas, guerras, despropósitos sangrientos de esta Tierra que tiene en su ADN el lamentable gen de la violencia.

Los hijos del mayor Jaimes tendrán ahora 18, 16 y 10 años. Me acuerdo de ellos. Besos.