Las Provincias

En el comienzo del nuevo curso académico

La llegada del otoño ha supuesto también el retorno de la tarea académica. Comenzadas ya las clases, estrenados los materiales de estudio y habituados al nuevo horario, la rutina del curso escolar presentará pronto sus credenciales. La programación didáctica se irá consumiendo -imparable- semana tras semana. Antes de que llegue ese momento, puede ser útil hacer alguna reflexión sobre la actividad educativa, ahora que la cosa se inicia y todo el mundo dispone todavía de tiempo para encauzar adecuadamente sus energías y no desperdiciar el esfuerzo de los próximos meses. Lo exige el estado de la educación en España y, especialmente, en nuestra comunidad autónoma.

Según datos recientes, a pesar de haberse experimentado un descenso en la tasa de abandono educativo temprano, el porcentaje de población española de 18 a 24 años cuya máxima titulación es el grado de Educación Secundaria Obligatoria (E.S.O.) se sitúa en la media del 19,7%, siendo del 20,8% en la Comunitat. Además, en nuestro ámbito territorial -cuyo nivel educativo es el octavo más bajo del Estado-, la tasa de idoneidad, o porcentaje de alumnos que accede a un curso con la edad adecuada, es solo del 60% por lo que respecta a Cuarto de E.S.O, de modo que el 40% de los alumnos valencianos llega a dicho nivel habiendo repetido alguna vez. Más aún, si se amplía el abanico de edades, el 43,7% de la población valenciana comprendida entre los 25 y los 64 años no posee más estudios que los obligatorios.

En cualquier caso, tanto las cifras nacionales de abandono educativo temprano como las autonómicas están alejadas del 15% establecido como objetivo de la Unión Europea para 2020. Ese propósito no es caprichoso, sino ajustado a la preocupación comunitaria de adecuar la formación a la realidad social y a las exigencias emanadas de la difusión de las tecnologías de la información y de la acelerada renovación científica y técnica. Es el nuevo escenario condicionado -de una parte- por el desempleo y -de otra- por el reto de lograr una comunidad dispuesta a un continuo aprendizaje, de modo que el saber, en sus múltiples dimensiones, se constituya en elemento de la capacidad de innovación de la sociedad en general. Es una prometedora dimensión de la Comunidad Europea conocida como sociedad del conocimiento, en la que la educación se convierte en el instrumento necesario para conseguir la funcionalidad social que se propugna.

Además de la Comisión Europea, Ralf Dahrendorf (1929-2009) y multitud de expertos han insistido en que el modelo social europeo que se requiere para la creación de empleo y la reducción de la desigualdad en el seno de la Unión pasa por la atención preferente a la educación y la formación profesional como factores esenciales de nuestros recursos humanos. La educación permite luchar contra la exclusión social, formar el capital humano y construir la citada sociedad del conocimiento. Es indudable que los bajos niveles educativos son un obstáculo para la salida de la pobreza, como lo demuestra el que, en esa situación, se encuentran pocas personas con trabajo y las que están ocupadas lo están en sectores en los que los salarios son inferiores a la media y la estabilidad laboral es más escasa. Por el contrario, a medida que asciende el nivel educativo, disminuye la posibilidad de encontrarse en aquella condición.

Asimismo, la educación es la base de la movilidad laboral -propia del espacio sin fronteras constituido por el mercado único-, que, además de ofrecer la posibilidad de adquirir conocimientos teóricos, prácticos, competencias y cualificaciones en el ámbito profesional, permite acceder a mercados laborales de otros países. Para ello, se exige no solo una ineludible formación previa sino una elevada cualificación.

Con estos precedentes, es claro que el presente y -sobre todo- el futuro de la sociedad en que vivimos conlleva la pérdida de la consideración como definitiva de cualquier etapa de formación. Si, desde hace bastantes décadas, numerosas generaciones de estudiantes han encontrado en el aprendizaje un medio de promoción personal, académica y social, hoy se precisa que los jóvenes conciban su formación académica como un periodo de compromiso con el estudio sistemático y continuado, en el que, partiendo de la tendencia natural al conocimiento, se logre aquella pasión por el saber que ha distinguido históricamente a la especie humana.

Se olvida con frecuencia que, más allá de las responsabilidades inherentes a la Administración, al profesorado, a la familia., el fiel de la balanza académica se inclina -hay que decirlo sin dramatismo, pero con sinceridad- en función de la intransferible iniciativa del alumno. Conviene tenerlo presente, ahora que queda mucho curso por delante, y hacer ver al estudiante la necesidad -y también el gozo- de prepararse laboriosa y obstinadamente en la adquisición de su propia competencia, pues, como ya advirtiera Eugenio d'Ors (1881-1954), «cualquier competencia es una manera de distinción, porque hace [al individuo], en un orden determinado de funciones, distinto a los demás». Más aún, al final, cuando todo pase (pompas, vanidades, nombradía, oscuridad, dulzura y dolor de las horas), lo único que será contado es. la tarea bien hecha.