Las Provincias

El titiritero

Los detractores de la televisión suelen decir que el medio embrutece al espectador porque le sirve telebasura constantemente. Los defensores de la fórmula, en cambio, atribuyen a los usuarios la existencia de esos programas poco edificantes. Para ello, esgrimen los datos de audiencia y claman: «¡damos lo que nos piden!». El debate es un clásico y no termina de resolverse, pero el quid de la cuestión sigue siendo el mismo: el espectador no pide telebasura, pero a veces la prefiere frente a otros programas. ¿Quiere eso decir que manda el ciudadano? Difícilmente se puede afirmar con rotundidad. Podemos preguntarnos quién tiene el poder, el que escoge o el que hace la oferta. ¿Es totalmente libre el espectador? Él no puede decidir lo que hay sino limitarse a escoger entre lo que le presentan, de modo que el verdadero poder es el de las cadenas, no el de quien maneja el mando a distancia. Éste tiene un margen muy pequeño de libertad que incluye, eso sí, el botón de encendido, aunque a menudo lo olvidemos.

En política ocurre algo semejante. El ejercicio de democracia se limita a poder escoger entre las opciones que se nos presentan. Es un acto de autonomía y libertad pero el verdadero control de la vida política lo tiene quien goza de la capacidad de proponer. Por eso es tan importante la variedad de oferta; cuanta más mejor. Solo así se garantiza la libertad real del ciudadano para elegir.

El debate es el que queda tras las guerras políticas cotidianas, incluidas las que vemos estos días en el PSOE. El votante socialista elige PSOE, pero su elección viene determinada por lo que deciden los militantes tras el filtro de la dirección del partido que, como ocurre ahora, puede estar alejada de la voluntad real de los miembros del partido y no digamos del sentir de los simpatizantes. En definitiva, puede acabar gobernándonos alguien que no responde a la voluntad ni de los socios del club ni de los ciudadanos que desconocen quién decide de verdad la oferta sobre la que escogemos todos. En el conflicto del PSOE, César Luena insinuó que había intereses ajenos al PSOE moviendo los hilos por detrás y no es descabellado pensarlo. Es verdad que suena muy conspiranoico pero también la caída de Berlusconi, aunque oportuna, fue diseñada desde Bruselas. ¿Por qué no iba a ocurrir eso en quien pretende abrir la puerta al Tsipras español? Que ambas decisiones sean beneficiosas para el interés general no le resta ilegitimidad ni preocupación. Es una suerte de despotismo ilustrado contemporáneo. Son los límites de la democracia representativa. El ciudadano elige, de acuerdo, pero ¿quién decide la oferta? Esa es la pregunta que no resuelve la democracia interna de los partidos, tan limitada, ni mucho menos la actual ley electoral. El problema no es Sánchez, Díaz o Medina sino a quién beneficia que sea uno u otra, de quién depende que llegue arriba y a cambio de qué lo hace.