Las Provincias

Sufragio censitario

Carolina Bescansa, secretaria de Análisis Político de Podemos, afirmó el martes que si en España sólo votaran los menores de 45 años Pablo Iglesias ya sería presidente del Gobierno. Posteriormente, y ante la tormenta desatada, ha matizado sus palabras, explicando que se trata de un simple dato y que respeta a todo el mundo, a sus votantes y a los que no lo son. Pero el caso es que un diputado de En Marea -marca de Podemos- ha llamado «ignorantes» a los gallegos que votaron a Feijóo en las elecciones del pasado domingo, en una evidente demostración de cómo entienden la democracia algunos dirigentes de la izquierda radical. Empiezo a preguntarme si no acabarán proponiendo una marcha atrás, un regreso al siglo XIX, al sufragio censitario, aquel que únicamente permitía votar a los hombres que acreditasen un determinado nivel de renta y de propiedades, es decir, la clase alta, los ricos, los terratenientes, los aristócratas, la burguesía. Ahora, obviamente, el listón no se pondría en la renta (aunque igual a Podemos tampoco le iba mal con dicho parámetro, viendo la casa de su candidata en el País Vasco) sino en la edad, si bien la edad se puede poner por abajo -que sólo voten los menores de 45 años para que gane Podemos- o por arriba -que sólo voten los mayores de 45 años para que gane el PP o el PSOE y se mantenga el bipartidismo-. O se puede instalar una imaginaria barrera geográfica, trazando una línea que separe España por la mitad, con lo que si sólo vota la zona Sur (Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha, Murcia, Valencia y Madrid) ganan los socialistas seguro. Por contra, a Ciudadanos le convendría una división pero para que sólo votara la España mediterránea (Cataluña, Valencia, Murcia, Andalucía y Baleares) y Madrid, dejando fuera del derecho a ir a las urnas a gallegos y vascos, donde no han obtenido representación. Y así podríamos seguir en función de los intereses de cada partido. Esta especie de ensoñación del sufragio censitario que parecen traslucir las declaraciones de Bescana y del diputado de En Marea es una demostración más de las dificultades que tiene la izquierda más radical por aceptar las reglas del juego, por integrarse en un sistema que es el que quiere la mayoría, en el que muchos se sienten a gusto y que a lo que aspiran es a mejorarlo, no a dinamitarlo. La democracia es auténtica y justa cuando el resultado es el que les conviene, cuando salen elegidos los suyos, cuando pueden gobernar sus siglas. Pero si gana la derecha, si el favorecido por las urnas es el PP, esa misma democracia se pone bajo sospecha y los electores pasan a ser pobres «ignorantes» que no saben lo que hacen ni lo que les interesa. Como no ganen pronto acabarán proponiendo un viaje al pasado, al siglo XIX.