Las Provincias

La imagen y la realidad

Una de las últimas series a las que me he aficionado es 'Un village français', una pasable producción francesa que recrea los años de la ocupación durante la segunda guerra mundial, en una ciudad imaginaria del Jura, Villeneuve. No es una serie de resistentes buenos muy buenos, y colaboracionistas malos muy malos, servidores de los 'boches'. Hay complejidad, matices, sentimientos y contradicción, como tiene que ser. Hoy la imagen construye la realidad, la reputación, y la percepción de las sociedades. Mucho más que la letra impresa. Si con ocasión de algún juego de azar consiguiera ser inmensamente rico, una de las decisiones que tomaría para dilapidar mi fortuna sería invertir en una productora. La primera iniciativa arriesgada, convertir los cuadernos de Don Nicolau Primitiu, sus Dietaris durante la guerra civil, en el guión de una serie: Massarrojos. Hay ritmo, personajes, dramatismo, material en bruto que bien pulido generaría diamantes literarios. Lástima que sobre la ecuánime prosa de Primitiu caerían todos los tópicos de la memoria histórica. Uno de tantos terribles dramas de los que aparecen es el que afecta al pobre Doctor Peset, valedor de tantos perseguidos en la retaguardia republicana, hasta el punto de advertir a los que buscaban su aval que no podía seguir así, ya que había sido amenazado de ser otro de los protagonistas de los paseos sin billete de vuelta al Saler si persistía en sus gestiones humanitarias. Ese sería uno de tantos productos para nutrir de contenidos la futura televisión pública valenciana. Pero no parece que en los debates sobre el modelo, nos alejemos del debate sobre los informativos, y eso alerta de que ante las direcciones erróneas del pasado, y sus pecados, la respuesta sea emprender la dirección contraria como la buena. No se trata de hacer lo contrario, sino de hacer las cosas de forma diferente. Se ha de hablar de quien manda y qué se cuenta, pero también de la ficción comercial y de calidad. No todo es volver a 'L'Alqueria Blanca'. Siempre he pensado que la guerra civil constituye una gran oportunidad para la ficción exenta de apologías. Hay muchos ejemplos. Uno de ellos son las seis novelas de Max Aub, que constituyen El laberinto mágico. Sus seis campos, a pesar de su noble militancia, no tienen rencor. Rebosan piedad y matices, compasión y arrepentimiento: Campo Cerrado, Campo de Sangre, Campo Abierto, Campo del Moro, Campo Francés y Campo de los Almendros. Max Aub sería otro ejemplo de la nueva realidad que hemos de convertir en la imagen que nos represente. Cuanto más esfuerzos dediquemos a la ficción, menos tentación de que la teatralidad de la ficción se instale en los informativos. No vale la pena llorar una televisión que no hizo de Max Aub protagonista. Pero probablemente si la nueva no lo repara, estaremos cometiendo el mismo pecado. Con distintas banderas, pero el mismo pecado.