Las Provincias

Las enseñanzas de la cárcel

Hace unos días, Carlos Fabra, expresidente de la Diputación de Castellón y del PP provincial, se calificó de «corrupto mediático», aunque estaba muy molesto con Rajoy porque no quiso aclarar en un programa de televisión que él no era corrupto. Se entiende así que afirmara que Mariano Rajoy era «un mal compañero de viaje». Fabra aseguró además que el PP !«abandona a su gente muy pronto y rápido». La clave, parece ser, estriba en que el delito de fraude fiscal por el que cumple condena es «un delito menor»; se siente discriminado, porque otros famosos como Messi y Neymar, y las cantantes Monserrat Caballet y Ana Torroja, según él, no han entrado en prisión teniendo los mismos cargos.

En plena descomposición del PSOE, que no es sino una de las secuelas que se han derivado de todos estos años aciagos de fraudes y mentiras, donde la clase política ha entrado en cuarentena y la incapacidad de formar gobierno aparece como un fresco sangrante de toda esta estulticia, las palabras de Fabra nos recuerdan hasta qué punto la ausencia de un pensamiento profundo que guíe la acción genera traumas graves en la realidad de un país. Fabra se exonera porque lo suyo era poca cosa, olvidando que él no era sino una pieza más de un barco pirata que se dedicó durante años a saquear nuestra tierra y a socavar el Estado de derecho.

Una de sus quejas se dirige al partido: «me han abandonado», pero ¿qué significa eso exactamente? Cómo en la Cosa Nostra, ¿tenía que haber prevalecido el juramento de fidelidad por encima de sus obligaciones como representante de los ciudadanos? ¿Dónde está esa mínima reflexión acerca del estilo de gobierno que él encarnaba con trágica eficacia en una generación de políticos que olvidó en muchos casos a quiénes se debía rendir cuentas? ¿Cómo es posible que, más allá de su condena de cárcel, no haya una mínima alusión a la innumerable cadena de males que cayó sobre esta autonomía y de la que él formaba parte?

Pero él dijo algo más que me parece positivo destacar: «la cárcel enseña a que no hay que volver a ella». Pues bien, si esa afirmación sirve como advertencia para que otros políticos en el futuro se lo piensen dos veces antes de traicionar sus funciones, bienvenida sea. Pero no me negarán que es una pena que sea la intimidación derivada del castigo penal la principal conclusión que extraiga Fabra de su pasado en la política. Eso, y haber sido tratado injustamente. Mientras el 'yonqui del dinero' sigue esparciendo el eco de una época, deberíamos asegurarnos de que la nueva generación de la política busque su frontera no en el miedo a la cárcel sino en su entrega idealista a un país que, más que nunca, necesita personas capaces y leales; esto último no a un partido como si fuera la mafia, sino a España. Quizás sea pedir mucho.