Las Provincias

Crueldades

Las grandes empresas muestran su alma de metal cuando te despiden empleando rapidez de alacrán. El ejecutivo fulminado, en esos tristes trances, de repente aparece con una caja de cartón y sepulta en ese contenedor de fortuna las pertenencias personales. Se conoce que los cerebritos de las multinacionales, tipos precavidos, guardan siempre en el armario ese ataúd portátil cuando llega su hora. En cualquier caso, se les conceden unos minutos de gracia para que reúnan sus efectos personales. En principio, los partidos políticos deberían de proteger nuestros intereses contra las crueldades del mercado y las escabechinas que de este manan. Se supone que nos defienden frente a los atropellos de las grandes corporaciones que sólo vigilan sus beneficios. Pero cuando entre ellos explota la trifulca guerracivilesca, muestran una dentellada tan feroz como el perfil de un asesino robótico a lo Terminator. No hay piedad. No hay cuartel. No hay agua para el enemigo y, desde luego, ni siquiera toleran que alguien recupere las fotos familiares del despacho que ocupaba unos minutos antes del bombardeo. Cuando Sánchez y sus pretorianos defenestraron a Tomás Gómez así por las bravas, mandaron a un cerrajero para que cambiase la cerradura. Detalle tan feo como pegar a un abnegado padre. Al lugarteniente de Susana Díaz, Antonio Pradas, le impidieron pisar su despacho para que recuperase unas fotos y a lo mejor el rosario de su madre. La estampa proyecta un tono de sainete cutre que apabulla. El despacho se convierte en la prolongacion de nuestro hogar porque en ese espacio la gente vive lustros, cuando instalan una barrera que te exilia de ese habitáculo se rompen todos los puentes y sólo cabe, yo qué sé, batirse en duelo. En política ni siquiera te conceden la merced de recuperar tus recuerdos. Qué miedo.