Las Provincias

No es país para viejos

Al empezar el día, contemplo, estupefacto, el saludo de mi presidente al poco honorable Jordi Pujol en una Barcelona política que respeta y reverencia al que fue su referente. Me sobrecoge especialmente la sumisa inclinación que le proporciona; de modo que cuando la pongo en paralelo con la saña y el desdén que dispensa a Rita Barberá, cuando la veo relegada y protesto de los locutorcillos que deletrean con placer el sueldo de la senadora pero no el de sus jefes, siempre hay alguien cerca que me hace callar.

- Anda calla: estás hecho un viejo...

Bramo a renglón seguido contra los que quieren quitar la estatua de Colón del puerto de Barcelona, no tanto por lo que sueñan sino por su profundo odio a España. Y cuando empiezo a decir que ojalá la vendan en una chatarrería y Valencia la compre para ponerla en la Marina, que a lo mejor encontramos brújula para la dársena de nuestras dudas, vuelven a decirme que me piense bien lo que pienso, que ya estoy viejo.

Pero no es fácil dejar de pensar: el pelo del cogote se me planta cada vez que veo que los que venían a colonizarnos en valenciano lo hacen y rotulan todo en inglés. Y se me caen las orejas cuando me informo de que «la piuleta i el tronador» van a tener distintas opciones sexuales en la campaña de promoción que el Ayuntamiento acaba de poner en marcha. Rezongo, me siento inquieto, quisiera irme lo más lejos posible; pero el Imserso no cubre Terranova ni el río Yukón, lo que me cabrea mucho más.

Y es que sí, debe ser que estoy hecho un viejo. Por eso deploro la saña con que el socialismo se está descuartizando y veo a España, otra vez, sin exagerar, como aquellos dos bestias de la cachiporra que pintó Goya, liados a mamporros. Dispuestos a que no haya gobierno, ni gobernación ni gobernabilidad. Añorando quizá -qué fuerte- el tiempo feliz e irresponsable en que bastaba hablar mal de Franco para estar justificado y decir que se hacía política.

Los más jóvenes me llaman viejo, sí señor. Y yo me asusto mucho más cuando veo la intención de algunos y de algunas. La de Pablo Iglesias cuando dice, el muy bruto, que el problema de las elecciones en España es que la demografía presenta forma de pirámide invertida o sea que por arriba estamos todos los viejos-estorbo y por debajo los jóvenes que merecen llevar el timón. Después, es Carolina Bescansa la que ha dicho, para redondear mi pavor, que si los mayores de 45 no votaran (ella creo que ya los cumplió) los resultados serían muy otros... lo que me hace pensar que sí, que se va articulando, poquito a poco, la división del «antes y después» de 1978 de la que habló Albert Rivera. Y que no tardará el día, ya lo verán, en que seremos desposeídos del preciado galardón del voto. O simplemente sulfatados.