Las Provincias

CONTRA TODOS

Mientras en Barcelona el presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont -aplaudido por los representantes de la sociedad valenciana (¿qué sociedad?) hace apenas diez días- ratificaba su decisión de convocar un referéndum vinculante de independencia en 2017, la dirección del PSOE daba un paso más hacia la desintegración que parecen perseguir buena parte de sus referentes. La crisis en Ferraz llega en el peor momento, sin Gobierno, con el desafío soberanista reactivado y con el principal partido de la oposición envuelto en una guerra civil sin cuartel. Y todavía hay quien no entiende el auge de populismos de distinto signo que desde la demagogia y el manejo de las redes sociales y de la televisión anuncian la tierra prometida. España parece encaminarse hacia unas terceras elecciones en las que, probablemente, el PP obtendrá un resultado aún mejor que en las pasadas, cuando mejoró los del 20 de diciembre. Pero la revuelta en el seno del PSOE no debería ser un motivo de alegría en Génova. La inestabilidad institucional y el conflicto en el partido del puño y de la rosa puede acabar beneficiando a corto plazo a los populares, que serán vistos por los electores como los garantes del orden. Pero a medio plazo es una muy mala noticia. En la mayor etapa de estabilidad y prosperidad en democracia que ha conocido España en toda su historia ha tenido mucho que ver el Partido Socialista de Felipe González, quien supo dar los pasos estratégicos que necesitaba la formación para llevarla del marxismo a la socialdemocracia, del OTAN de entrada no, al OTAN sí, de mirar hacia los países del telón de acero a integrarnos en la CEE, del discurso revolucionario al reformista. Todo ese legado empezó a resquebrajarse con el inesperado triunfo de Rodríguez Zapatero, un político tacticista, no un hombre de Estado, que maniobró para aislar al PP como si fuera un peligro para la democracia, dio alas al independentismo catalán y reabrió las heridas de la república, la guerra civil y el franquismo que parecían felizmente superadas. Con Zapatero comenzó la decadencia de las siglas que durante más tiempo han gobernado este país desde la muerte de Franco. Felipe González declaraba ayer que se siente engañado por Pedro Sánchez, una manifestación que debería haber servido para que el secretario general hubiera presentado su dimisión irrevocable. Pero Sánchez ha decidido morir matando, enfrentarse al mundo, al expresidente, a los barones, a la ejecutiva... No es que no mire por el interés de España, es que tampoco parece interesarle el futuro de su partido, sino únicamente salvarse él y los suyos, sus fieles, los que le dicen que es el más guapo, el más listo, el más capaz, y que debe resistir a toda costa.