Las Provincias

Sánchez, apegado al sillón

Nada aprisiona más a una persona ambiciosa que un sillón desde el que se administre poder o la ambición de tenerlo. Lo está demostrando desde hace días, y cada vez con mayor pertinacia, Pedro Sánchez. El secretario general de los socialistas todavía no ha tocado poder más que de refilón, pero ya ejerce como si lo viniese usufructuando al estilo de dictador africano. Cuando fue elegido secretario general del PSOE prometía un liderazgo moderno en las ideas y desinteresado en la práctica.

Pero bastó un año para que le venciese la tentación del asiento de jefe en la madrileña calle Ferraz de Madrid. La verdad es que no tuvo suerte si es que realmente hizo algo para merecerla. Todas las elecciones en las que el partido fue participando bajo su liderazgo han venido acumulando derrotas y profundizando en records a la baja. Nadie que sepa algo de práctica democrática podrá negar que su etapa está convirtiéndose en un desastre del que le resultará difícil recuperarse al PSOE.

Sin embargo, a Pedro Sánchez, que no ha demostrado habilidad negociadora ni cintura para pactar con los adversarios, los fracasos no le frenan en su obstinación. Y lo grave es que su empecinamiento en el error estratégico en que ha caído cada vez deteriora más su imagen y devalúa la influencia de su partido al que ha sumido en la división y el desánimo. Lo normal es que ya hubiese dejado que sea otro quien lo encarrile de nuevo. Nada más lejos. Por el contrario, lo que está demostrando es una actitud casi mesiánica que le impide pensar que alguien podría hacerlo mejor. No acepta que en todo tipo de organización, cambiar las caras y los métodos cuando van mal las cosas es lo normal. No pasa nada. Tiene muchos ejemplos en la historia reciente y alguno dentro de su propio Partido donde dimitir es un verbo que se sabe conjugar. Y si no, que revise el ejemplo de su antecesor Joaquín Almunia.

Basta leer la prensa, escuchar la radio o ver la televisión para comprobar que son muchos los compañeros de partido -y no utilizo la expresión con segundas intenciones- que critican sus estratagemas y que en lugar de confiar en su gestión opinan que lejos de ser la solución se ha convertido en el problema. Un problema que se enreda por momentos: los días para formar nuevo Gobierno se agotan, la situación interna se agrava, y sus iniciativas sólo contemplan seguir en el cargo.

La idea de convocar primarias y un Congreso antes de las terceras elecciones resulta descabellada en cuanto se analiza en profundidad y calendario en mano, como lo es su empeño en seguir aferrándose a una propuesta de Gobierno surrealista, partiendo de una aritmética parlamentaria dudosa, y una coherencia imposible entre sus integrantes, desde populistas asilvestrados hasta independentistas incapaces de ver más lejos de lo que les permiten sus sueldos.