Las Provincias

Fue mi madre

Qué hace una chica como yo arropada por unas páginas como estas? Ni idea. A algún temerario, atrevido, valiente, o simplemente nostálgico, se le ocurrió que alguien joven podía tener cosas sugestivas que contar. ¡Pobre incauto! En estos días que corren en los que el desempleo juvenil estatal supera con creces el 40%, la renovación de la clase política pasa por sustituir arrugas y corbatas por las mangas arremangadas y que acuñamos de emprendedores a los que ahora se adentran en el mundo empresarial, parece que la inexperiencia está de moda. Pero todo pasa. La nueva política también se tornará vieja, si es que todavía no lo ha hecho. Tal vez algún día podré escribir un artículo conmemorando un lustro, y ya estaré rozando la barrera de los treinta y tres. Volverán las canas a la escena parlamentaria e incluso al mundo laboral. Y si estamos para verlo, habrá que celebrar que seguimos vivos.

En los últimos años nos hemos instaurado en la idea del cambio, de la regeneración y de la reposición. Hemos creído que los que ahora somos jóvenes tenemos mucho que instruir a los adultos, que nacimos digitales y entendemos plenamente el mundo a través de la pantalla y de las redes sociales. Pues no se engañen, nosotros, como ustedes en su momento, necesitaremos a alguien que nos muestre los quehaceres del oficio, sus entrañas y las buenas costumbres. Algún ducho deberá guiarnos y formarnos más allá de esas aulas que todavía hoy se aferran a los libros. Deberemos esforzarnos, escucharles, pero también rebatirles. Y quizá, sólo quizá, algún día llegue un lunático y se le ocurra concedernos una oportunidad.

En definitiva, fue mi madre la que, cual quinceañera risueña, escribió en la pared de mi habitación para que nunca lo olvidase: «queda prohibido no luchar por lo que quieres».