Las Provincias

EN SU MUNDO FELIZ

El político que gracias a las urnas accede a un puesto de responsabilidad, a un cargo donde tiene que gestionar asuntos públicos, lo primero que debe entender es que la sociedad a la que va a servir no es exactamente como él cree y que ni mucho menos puede aspirar a transformarla por completo siguiendo los estrictos dictados de su ideología, en una sola dirección, bajo unas premisas de un único color. Los concejales de una ciudad como Valencia, por bajar a lo concreto, tienen que empezar por asumir la complejidad de una urbe moderna y plural en la que confluyen intereses muy diversos. De lo que se trata es de procurar armonizarlos, de conseguir que la ciudad funcione sin, por así decirlo, vencedores ni vencidos. El problema surge cuando el político está imbuido de una especie de fe absoluta o de creencia irracional y se sitúa a sí mismo en un plano moralmente superior a los demás. Él es un mesías que viene a salvar a los demás, pobres infieles que no han visto la luz. Es entonces cuando se gobierna sin medida, sin aplicar el sentido común, mediante la aplicación sistemática y sin matices de un catecismo ideológico cerrado. Es lo que les ha ocurrido a los ayuntamientos de las grandes ciudades españolas gobernados por la izquierda radical y los nacionalistas con motivo de la celebración del Día sin coche. El objetivo de la jornada es más que loable, llamar la atención sobre lo inviable que resulta una ciudad tomada por los automóviles, pensada para los conductores, ajena a las necesidades de los peatones, de los ciclistas, de los minusválidos, de los usuarios del transporte público, contaminada e insalubre. Pero a la hora de organizar las actividades de esta celebración hay que tener en cuenta lo que decíamos al principio, las múltiples facetas de una urbe como Valencia y los efectos que los cortes de tráfico pueden tener en negocios y actividades diversas. A no ser que uno viva en su mundo feliz, montado en una bicicleta o sobre unos patines, creyendo que el mundo gira alrederdor de los que se mueven pedaleando, soñando con copiar de la noche a la mañana modelos urbanos que han tardado decenas de años en implantarse y que responden a otra forma de entender la vida y un clima totalmente diferente. En ese mundo feliz, son todos los demás los que se equivocan, los automovilistas, por supuesto, pero también los que utilizan la EMT, los comerciantes, los empleados que llegaron tarde a su trabajo, los ancianos con poca movilidad a los que un familiar traslada en coche... Infieles y descreídos de un ecologismo redentor a los que no merece la pena ni escuchar. Trabajan en un despacho oficial, cobran gracias a los impuestos de los ciudadanos, pero gestionan pensando única y exclusivamente en sus adeptos.