Las Provincias

Fenómenos extraños

Mi recalcitrante escepticismo me impide creer en esas pueblerinas manchas de humedad que venden como caras de Bélmez o en esos supuestos alienígenas que visitaron nuestro planeta para forjar la arquitectura de las pirámides. Sólo descubro sucesos paranormales en la presunta (y falsa) normalidad de nuestros vecinos, pues cuando rascas en la intimidad ajena descubres movidones abracadabrantes. Esto lo vio muy certero David Lynch en la mítica Twin Peaks. Sin embargo sospecho que nuestras ciudades muestran zonas grisáceas que rezuman una suerte de extraño malditismo. Me refiero a ciertos locales comerciales, ciertos bajos que, pese a su formidable situación, nunca fructifican en una industria provechosa. Pueden montar una mercería sicodélica, un restaurante molón, una tienda de ropa fina, una yogurtería de lacteos que ayudan al tránsito intestinal o una casa de masajes con final feliz, pero cualquiera de esas actividades fracasan y, de nuevo, mientras deambulamos leemos el cartel de 'se alquila'. Cada 6 meses abre un negocio que siempre se estrella. Esos bajos están gafados y flota sobre ellos un perfume malévolo de genuino yuyu. Esto es así. Y este extraño fenómeno casi de cuento de Stephen King me huele que se traslada hacia otros ámbitos. Por ejemplo la célebre Imelsa del jeta Benavent, corral de pufos y destarifos, aunque ahora se llame Divalterra para espantar a los malos espíritus, sigue mostrando una actitud dudosa y la niebla del chanchullo otra vez envuelve los contratos del personal que debería de limpiar el chiringuito. Imelsa, aunque le cambien el nombre, supone un tótem maldito y ni el mejor chamán de la selva amazónica repararía con su penacho de loro los desaguisados. Imelsa/Divalterra recuerda a ese manicomio abandonado que escupe psicofonías terribles...