Las Provincias

Cansado de chorradas

He tenido que hacerme viejo para comprender que, en las historias cotidianas de bellas y bestias, la bestia jamás se transforma en príncipe encantador y que eso no impide que la bella siga enamorada. El auténtico amor se asienta en la certeza de que la bestia siempre será una bestia. Si la pasión de bella fuese sincera debería desengañarse al ver a la bestia convertida en príncipe, en otro sujeto diferente del que escogió. ¿Qué fue de tus garras y pelos, bestia? ¿Qué significan esas puntillas en los puños de tu vanidad? ¿Y esa sonrisa autosuficiente, de qué Pedro Sánchez la has sacado? Qué decepción, mi bestia salvaje se ha convertido en un pijo de la nueva política. Que me devuelvan al animal que me representaba y me defendía sin complejos y se lleven al posturitas de su alteza el relamido. Sí, he tenido que hacerme viejo para comprender que mi bicho me quiere porque asusto a los malos y no porque me tutee con los de Podemos en las tertulias guais de la tele. Así es la vida, Zaragüeta.

Me he hecho viejo. Últimamente, por ejemplo, hable con quien hable por teléfono, le pregunto qué tiempo hace ahí y, sinceramente, ¡estoy interesado saberlo! Si llueve o hace frío en Minglanilla me parece una información valiosa. También he empezado a responder al saludo de las locutoras de televisión, como hacía mi abuelo. «Buenas tardes, estas son las noticias de las tres». Y «hola, guapa» contesto yo, tal que si me escuchase. Soy educado. Además, al encontrarme con alguien al que no veo desde hace tiempo, ahora me siento obligado a observar si está más gordo. «Te has hinchado, ¿no?» o, al contrario, «perdiste peso, ¿dieta o deporte?», le digo. Si se le asoma un moco seco o lleva una hojita de perejil entre los dientes son advertencias que todavía me aguanto. Acabaré como mis tías abuelas que por la calle espetaban «¡métete la camisa, Cantinflas!» a los que la llevasen por fuera del pantalón y se morían de risa.

Me faltan pocos para los años en que, ante una ola de calor, se recomienda salir de casa con gorra. Para que en los grandes almacenes me hagan descuentos de vacaciones con su programa de 'envejecimiento activo'. Para que los familiares médicos no me respondan «hipocondríaco» cuando les llamo un domingo alegando claros síntomas de crisis de los 50. Envidiadme, ya puedo llevar riñonera en la playa sin que me confundan con el cobrador de sombrillas, privilegios de la edad.

Estoy mayor para chorradas. Me indignan los juicios y prejuicios de beata progresista. Me deprime el aldeanismo ideológico que se ha instalado en Valencia. Pienso que la sequía es más dañina que la falta de financiación autonómica. Y en Bruselas no entienden que pidamos el corredor mediterráneo junto a un tipo que quiere hacerle un 'Brexit' a España y a la UE. Infarto dame ya, antes de que suelte las hojas del rábano y diga toda la verdad.