Las Provincias

SONÁMBULOS

En 'Sonámbulos', un magnífico libro que demuestra que los conceptos de erudición y divulgación no han de estar necesariamente reñidos, el historiador australiano Christopher Clark relata con precisión el camino que condujo a las potencias europeas a la Gran Guerra en 1914. Clark echa mano de la poderosa metáfora del trastorno del sueño para explicar los pasos que llevaron a Europa al desastre sin que, aparentemente, los países y sus líderes políticos se dieran cuenta de ello hasta el magnicidio del archiduque Francisco Fernando. Y logra, con indudable acierto, dibujar uno de los relatos históricos más poderosos y mejor hilados que se han publicado en los últimos años.

Sonámbulos, atrapados como zombis en una siesta que dura ya doce años, el Valencia Club de Fútbol y el grueso de la afición valencianista llevan mucho tiempo desfilando por un presente poco alentador hacia un futuro ignoto pero, indudablemente, mucho peor que el vivido en las tres últimas décadas. No solo por la ya recurrente sombra del descenso, que también, sino por la quiebra de tantas cosas fraguadas desde hace un siglo. En medio de la dormida, mientras se soñaba, como en el cuento de la lechera, con una riada de millones, el valencianismo aceptó gustoso el traspaso de un legado centenario a manos que ni comprenden ni han demostrado valorar lo que adquirieron. Quizá vaya en nuestro código genético porque este no ha sido un hecho aislado. Paralelamente al desastre del Valencia, el pueblo valenciano asistió y asintió, también sonámbulo, al desmontaje de sus cajas y bancos, al cierre de su radiotelevisión, al saqueo organizado y a un desprecio constante del gobierno central mientras aquí la mueca del sonámbulo se convertía en beatífica y bobalicona sonrisa de incomprensión.

Entretanto, decía, el Valencia ha permanecido, como el imperio austrohúngaro de antes del 14, zambullido en el eterno deseo de salir en una foto de triunfadores mientras casi todo se hacía rematadamente mal, salpicado cada poco tiempo por luchas intestinas, navajazos, deserciones y arbitrariedades económicas y deportivas. A lo largo del último decenio un campo lleno de advertencias señalaba ese sendero que, inmersos en el sueño de creernos superiores, recorrimos sin dudar. El día posterior a la derrota en San Mamés esbocé, en un ejercicio de autoexorcismo cada vez más frecuente, una lista de antihitos del proceso, que arranca con la ignonimiosa venta accionarial a Roig y Soler y finaliza, de momento, con el cuartero de derrotas que descabalgaron el martes a Pako Ayestarán del banquillo de Mestalla. En medio, como grotescas figuras de Valle-Inclán, asoman la sombra eterna de Paco Roig, Juan Soler, Ronald Koeman, las camisetas de Juan, gracias por todo, el águila para colorear de Inversiones Dalport, Soriano, la historia de los sicarios, la aparición apagaluces de Manuel Llorente en Salvados, Villalonga, los falsos millones de Alvarado, los baños de masas de Salvo y Aurelio Martínez, los responsables -todos- de la compraventa del club, el desfile de becarios por el banquillo o los futbolistas en prácticas de Jorge Mendes. Y por encima de todo, como metáfora impagable de una realidad absurda, el estadio sin acabar, al que le falta la vaquilla en descomposición en el centro para redondear la metáfora berlanguiana.

Ahora, tras unos aldabonazos deportivos a los que acabaremos por acostumbrarnos y que van in crescendo temporada tras temporada, nos preparamos para despertar del sueño colectivo, mutado en pesadilla y salteado escénicamente por las siempre balsámicas victorias con Voro. Que no son, aunque nos cueste admitirlo, más que un repentino claro en la tormenta. «No debí comer tantos garbanzos», le dice a su mujer uno de los personajes de 'Caballeros de fortuna', de Luis Landero, cuando tras levantarse de la siesta conoce la noticia de la muerte de su hijo. Desde ese momento utiliza las legumbres como asidero al que agarrarse para justificar todo lo negativo que le ocurre. Nosotros, sin embargo, aún estamos dormidos, esperando a que llegue la hora de contar los garbanzos. Seguimos caminando sonámbulos sin rumbo, sin orden ni concierto, sin darnos cuenta de la que se nos puede venir encima. Y aguardando a que alguien nos despierte, quizá al fondo del precipicio.