Las Provincias

Aplausos a las FARC

El mundo celebrará hoy, con gran regocijo, el fin negociado de un grupo terrorista, las FARC de Colombia. Nos parecerá una gran noticia y nos la contarán con el alivio de explicar hechos positivos entre tanta negatividad y violencia. Nos hablarán de hechos históricos; anunciarán la presencia de grandes mandatarios, como el rey emérito, y nos advertirán de que el paso es importantísimo para la zona. En efecto, América Latina ha sufrido el azote de la violencia en todas sus formas durante la segunda mitad del siglo XX y aún hoy.

Sin embargo, el fin negociado de un grupo asesino es un fracaso encubierto. Es cierto que más vale eso que seguir muriendo y seguir sintiendo la amenaza de las armas, pero es un reconocimiento tácito de que los extorsionadores han conseguido algo de sus pretensiones. Al menos, ser tratados como interlocutores en un diálogo sobre el fin de su acción armada. No pidieron a nadie permiso para existir y matar pero necesitan ahora que las autoridades se sienten con ellos y aplaudan que dejen las armas. El aplauso es un acto espontáneo o premeditado para expresar el apoyo, el reconocimiento y la acogida hacia quienes se considera merecedores de ese respaldo público. Se aplaude al actor, al cantante o al orador. Sin embargo, aplaudir a un terrorista por dejar de serlo es demasiado inquietante. Y a un político, por lograr que el asesino no mate más, frustrante.

Entiendo que todo esfuerzo es necesario por la paz pero prefiero ver a ETA derrotada, o, como mínimo, incapaz de recuperarse, antes que saberla beneficiada de un buen acuerdo. Por eso, aun con toda su carga de corruptelas y engaños, me alegra haber tenido al PP en el poder durante los últimos años. La figura de Sánchez, 'mejorando' a Zapatero, resultaría una pésima noticia para esperar un final de ETA como merece ésta, es decir, aplastada. No digamos si Sánchez establece pactos con los grupos extremistas de izquierda. Lo peor que podría pasarle a este país es dar pasos hacia atrás en materia antiterrorista. Es cierto que debemos exigir más en la lucha contra la corrupción pero resulta difícil no ver clara la elección entre una estafa con tarjetas 'black' y un terrorismo retroalimentado. No se trata de establecer un equilibrio entre el asesino y el ladrón pero sí de ver más allá de lo que nos quieren vender los mensajes electorales. Y sopesar lo que consideramos prioritario. La negociación con terroristas ha dividido a Colombia, como podría ocurrir en España. Es una alegría pensar que aquí el Gobierno se ha mantenido firme ante los cantos de sirena. Habrá muchos motivos para desear, como el exaltado Iceta, la liberación del yugo 'marianista' pero hay uno, al menos, para celebrar su presidencia. No tener que aplaudir, como hoy en Colombia, que los asesinos decidan dejar de serlo. Ni votar para que se reintegren en la vida ciudadana como si hubieran sido expulsados de ella injustamente.