Las Provincias

Razón o involución

Desde que comenzó a existir lo que acabó siendo la Unión Europea, nada menos que en 1957 cuando se suscribieron los Tratados de Roma, el proyecto europeo ha vivido vicisitudes muy variadas, en algunas de las cuales parecía que abocaba a una extinción sin remedio, y vivimos ahora uno más de esos periodos de incertidumbre en los que parece que todo se tambalea y que nos aproxima al final traumático de una propuesta política que lleva casi sesenta años de grandes logros, entre los cuales no es de olvidar el hecho de que en seis décadas no haya habido conflicto bélico alguno en el solar europeo entre quienes históricamente fueron enemigos acérrimos.

Sin duda ninguna, la última gran crisis la está produciendo la cuestión de la política respecto de la inmigración, que en definitiva ha sido el elemento detonante del 'Brexit', la salida de Gran Bretaña del espacio común europeo, problema respecto del cual constatamos dos grandes posturas, ambas sumidas en los cimientos de la demagogia más tópica.

Por un lado, la actitud de quienes postulan desde los populismos de izquierda un eslogan de recepción sin control de todas las corrientes de inmigración que se produzcan («welcome refugees», reza una pancarta que cuelga de la fachada del Ayuntamiento de Madrid desde hace meses), aun a sabiendas de que este proceso, para que no sea caótico, requiere algún modo de regulación legal y operativa, pero como ello correspondería a los gobiernos nacionales, las autoridades locales y autonómicas de nuestro solar pueden recubrirse con actitudes 'buenistas' que a nada comprometen, pero que dan réditos en términos de comunicación.

Por otro lado, hallamos a los partidos, líderes y fuerzas políticas que aventan el temor al emigrante como elemento de movilización social del cual sacan pingües réditos políticos, como es el caso de Nigel Farage en Gran Bretaña, muñidor del 'Brexit' que luego se ha ido tranquilamente a su casa y negocios dejando a sus sucesores un problema profundo, o del grupo AfD (Alternative für Deutschland), que rechaza la unión monetaria, propende a la reimplantación del marco, y se opone a cualquier ayuda financiera a los países periféricos de la Unión Europea, cuyo discurso radical le está dando muy buenos resultados en las últimas convocatorias electorales germanas, por no referirme a movimientos similares que se están produciendo en Francia, Austria o en el Benelux.

Junto a todo ello, es muy curioso que los países de la Unión Europea que más reacios se muestran a recibir refugiados o inmigrantes, según las cuotas aprobadas por las autoridades comunitarias, y que más cuestionan la política común respecto del fenómeno migratorio, sean algunos de los mismos que, tras la gran ampliación de la UE producida en el año 2004, han recibido ingentes cantidades de apoyo financiero a su desarrollo nacional, digo por ejemplo de Hungría, cuyas autoridades han tenido el descaro de convocar un referéndum a celebrar el día 2 de octubre en el cual los ciudadanos se van a pronunciar sobre si aceptan o no las cuotas de reubicación de refugiados acordadas por la Unión Europea, pero no parecen pronunciarse sobre la devolución de los fondos recibidos en los últimos doce años desde esa misma entidad cuyas normas ahora discuten. Ejemplo de insolidaridad plena, que hace cierto aquel paradigma castellano-manchego que dice así: ni sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió. Probablemente, la enorme ampliación de la UE del año 2004 fue un grave error, del que nunca acabaremos de lamentarnos.

Es verdad que en Europa vivimos un tiempo convulso consecuencia de los movimientos humanos: hay gente que huye porque se halla perseguida por razones de raza, religión, etnia u otra causa, a la que en decencia le tendríamos que aplicar la Convención de 1951, sobre estatuto de refugiados, respecto de lo cual no cabe rechazar la cuota que a cada país le incumba, que es lo que pretende el referéndum húngaro. Hay otros movimientos humanos que son fruto del hambre, de la búsqueda de un horizonte vital, situaciones que en España, Portugal o Italia vivimos también en los años sesenta, cuando nuestros paisanos se iban con su maleta de cartón o madera a centro Europa, en busca de un modo mejor de vivir, o, simplemente, de existir.

La dimensión humana del buscar, vagar, transitar, otear y descubrir es inseparable de nuestra condición antropológica. Nadie jamás podrá poner vallas en el campo, que impidan el tránsito hacia lo ansiado y desconocido. La emigración es un fenómeno consustancial a la especie humana, inherente a nuestra propensión exogámica, y cuando ella se provoca por la búsqueda de mejores condiciones de vida, sólo se mitiga cuando en el país de procedencia se dan condiciones de habitabilidad. La emigración española de los años sesenta/setenta no se detuvo cuando España llegó a los mismos niveles de renta per cápita de Alemania o Suiza, similitud que tardó mucho en producirse, sino cuando, lejos de ello, cualquier compatriota nuestro supo que, permaneciendo en su tierra, podía seguir viviendo con una existencia digna. Las oleadas migratorias no se resuelven en los controles fronterizos de recepción, sino en el origen de sus causas. Se trata de evitar que un ser humano haya de abandonar su espacio y su mundo para seguir viviendo, sino que se pueda desenvolver dignamente en su medio vital. Parece que los dirigentes europeos lo han empezado a entender en la pasada cumbre de Bratislava, cuando aprobaron casi ochenta mil millones de euros para programas de desarrollo en países originarios de emigración. Otra cosa es que seamos capaces de vigilar y controlar el uso de esta ayuda. Pero, si alguien puede comer en casa, no pide un mendrugo a su vecino.