Las Provincias

La belleza fantasma y sus víctimas

Actualmente la belleza se asocia a lo pulido y limpio, a lo transparente y lo que no daña. Una belleza perfecta y mitológica que emite solo positividad y provoca un constante «me gusta». Algunos aseguran que la belleza es salud pero con dosis de hedonismo, pánico al dolor y exaltación del bienestar y la higiene corporal. En la belleza pulida no hay ninguna culpa. Es puro optimismo fisonómico que no exige cambiar nada de la propia vida, nada que mejorar. Alcanzar esa belleza te hace sentirte incuestionable - invulnerable- social, laboral, sexualmente, etc. Es vivir cada día en el mito de Narciso. Cualquier observador -y uno mismo al contemplarse- ha de poder expresar siempre un gran ¡woooow! Parece una belleza infantiloide, banal, porque no hay profundidad, no hay más allá porque no hay distancia. Nunca se encuentra al otro sino solo uno a sí mismo. La belleza espejo - abrillantada- elimina la alteridad porque uno busca el propio placer de vivir su propia historia y su propio cuerpo.

Desde la belleza fantasma lo 'feo', lo 'viejo' y lo 'gordo' resultan patológicos. Provocan rechazo y emiten negatividad. Dejan una herida. Lo deforme, la arruga y la grasa son lo antiestético. Transgreden lo bello,-el mito- desprendiendo un olor a algo descompuesto en un ambiente satinado y balsámico, altamente seductor. Hoy día lo separado del icono de la belleza normativa se asocia a una cierta degeneración, algo más bien sucio y antihigiénico.

Algunos, cuando etiquetan a personas como supuestamente 'gordas y gordos', 'feas y feos', 'poco arregladas/os', pretenden convertirlos en los estéticamente ilegítimos. Los clasifican como 'los otros', individuos no normales que dan la sensación de desprender una cierta impureza. En cerebros de mujeres y hombres se impacta sistemáticamente la idea de que su valor esencial depende mucho de su capacidad de adelgazar y de embellecerse. Pero alcanzar cuerpos y torsos puros y lisos exige la dependencia de la depilación láser, las liposucciones y abdominoplastias, dietas extremas y gimnasios, etc. La belleza fantasma hay que mantenerla al día para no romper su hechizo y evitar que se estampe contra la realidad. Requiere tiempo, atención, dinero. Exige ir retirando los obstáculos porque la belleza para que sea belleza ha de bruñirse, redondearse, lisarse... con crema y bisturí.

Lo pudoroso y discreto se ha sustituido por la transparencia estética. Lo secreto y el doble fondo se vuelven impúdicos en un mundo de nitidez total. La intimidad ha sido suplantada por la extimidad, y la ropa interior se lleva por fuera o no se lleva. Ahora, la información corporal, los datos estéticos personales cuanto más visibles mejor se comunican, mejor se transfieren y se consumen. Nada que ocultar. Todo a la vista para ser observados en el gran teatro estético del mundo. Y todo expuesto y accesible en una sociedad cosmetizada que ejerce una constante vigilancia sobre nuestros cuerpos.

La belleza corporal se ha convertido en un escaparate de comunicación directa. Hay que conseguir que no haya nada que interpretar al contemplarla, que no haya lugar al pensamiento. Como dice Chul Han esa belleza provoca un imperativo táctil de palparla y lamerla, incita al touch. Paradójicamente no se para de hablar de una belleza que no existe. Asistimos a una crisis de la experiencia estética. Sirva de muestra dos trending topic: el trasero de Kim Kardashian y los calzoncillos de Cristiano Ronaldo. Más de 50 millones de seguidores en Instagram, millones de me gusta y de me encanta. En una sociedad así no hay lugar a la experiencia de lo bello porque la exhaustiva visibilidad del objeto destruye la mirada contemplativa. La belleza pornográfica anula lo imaginario y no ofrece nada para ver... solo incita al touch. Se trata de una información estética carente de interioridad que procede de un emisor reducido a partes anatómicas, vacío, desnutrido existencialmente o inflado muscularmente, sin apenas resistencias, un cuerpo dócil. Del erotismo sucio se ha pasado a una pornografía pulida y supuestamente limpia.

Para elaborar un juicio estético verdadero resulta necesaria la distancia contemplativa. Afirmaba Hegel que el arte solo es arte si tiene un sentido al mirarlo. Y el sentido de lo bello se alcanza con hondura a través del oído y la vista. En cambio, con el gusto, el olfato y el tacto, el sentido de lo bello se agota en el ¡wow!, en el simple me gusta. La belleza irreal se convierte en lo degustable y consumible. Si fuera real y verdadera transportaría a la mística, engendraría interioridad trascendente.

La new age del cuerpo -bodybuilding- y algunos sectores empresariales de la moda han encerrado la belleza entre el musculo y el sexo. Difunden que vivir la belleza con mayor plenitud no es posible sin experimentar intensamente la condición carnal sobre uno mismo. Hipertrofian el valor sexual de la belleza reduciéndola a la mera producción de placer y a una celebración sensitiva intrascendente.

Al final algunas consecuencias de esta belleza imposible son preocupantes para la salud pública. Aumentan las colas en ambulatorios y clínicas para tratar anorexias/bulimias, vigorexias, dismorfias, depresiones, alteraciones postoperatorias de cirugías estéticas... tristes desequilibrios fruto de la obsesión por una belleza virtual. Se entiende que muchos de 'los otros' prefieran seguir siéndolo para no ver hipotecada su salud y su felicidad.

Esta belleza tan publicitada se parece mucho a una pompa de jabón, hecha de aire y vacío, ingrávida. Transmite una sensación de perfección y de fantasía pero es solo superficie frágil. Tocas y explota en mil átomos acuosos. Dura muy poco, un instante: una pompa fúnebre aunque perfumada.

La mayor corrupción de la belleza consiste en generar mujeres y hombres frustrados y fracasados que han sido rechazados por no poseer un físico acorde con un ideal estético dominante e inalcanzable para la mayoría de la humanidad. El resultado de proponer modelos de belleza espectaculares -fantasmas- es inhumano porque condena a la desesperación a muchos que los contemplan. Deberíamos frenar este falso mito de la belleza generador de un nuevo tipo de vulnerables: el vulnerable estético.