Las Provincias

La vuelta de la Rusia zarista

Como siempre, la apertura del nuevo periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU ha sido sumergida por dos crisis estrella: la de los refugiados y la de Siria. La primera reúne méritos propios para obtener tal estatus por su importancia intrínseca y por ser, como se dice en términos teatrales, el «suceso del año», y la tragedia siria se impone por algunos cientos de miles de muertos y más de cuatro años de duración. Esto la hace particularmente insólita y provee un escenario de extrema importancia: las dos superpotencias de la posguerra (los Estados Unidos y la Federación Rusa, sucesora de la URSS) no pueden o no saben concluirla. La situación confirma algo ya claro: con el fin de la guerra fría (una rotunda victoria occidental) el régimen comunista ha devenido en unos años un régimen neo-zarista de hecho y su gobierno actúa como tal, como si estuviéramos en el siglo XIX: defiende sus fronteras y atiende a asegurarse un entorno geográfico favorable a su seguridad nacional y sus intereses.

La Rusia de hoy vuelve a ser la Rusia de siempre, la definitivamente establecida en el siglo XVI por Ivan IV desde el Gran Ducado de Moscú, con una fuerte Administración estatal y la conquista de Siberia. Se dice que Vladimir Putin no está incómodo con su condición oficiosa de Zar y es fácilmente comprobable que la sociedad rusa vuelve sus ojos con positiva curiosidad al régimen monárquico y algunas de sus expresiones sociales más conocidas, incluido el creciente papel de la Iglesia Ortodoxa.

Es recomendable tener todo esto en la cabeza a la hora de juzgar el papel y la conducta de Moscú en Oriente Medio y, muy en particular, en su salida al Mediterráneo (un «mar caliente») y la conservación de facilidades militares en un país-socio... que ahora se llama Siria. La estrecha asociación con Damasco viene desde los ya lejanos días del general Hafez al-Assad, un alauí, otro hecho también digno de mucha atención, quien tomó el poder en 1970 y se lo dejó a su hijo Bashar a su muerte en 2000.

Moscú, en ese momento crucial, habría cooperado con cualquiera que le garantizara sus bases aeronavales y una presencia política adicional en el mundo árabe a cambio de ayuda militar sin tasa y créditos en divisas (incobrables en la práctica). Cuando al-Assad murió, en junio de 2000, Putin estrenaba su primer periodo presidencial, pero ya había sido secretario del Consejo de Seguridad Nacional y jefe de los servicios de Inteligencia (SFS, heredero del KGB) y conocía a la perfección el dossier sirio y su relevancia como una pieza de la estrategia regional rusa. Nada sustancial ha cambiado desde entonces. En tanto Washington no asuma que Siria es fundamental en la vecindad estratégica de Rusia, no habrá fin del conflicto. Ciertamente, este criterio no tiene defensa alguna en un orden ético, pero es inseparable de todo intento de cancelar como sea la matanza.