Las Provincias

Hoy se necesita otro San Vicente Ferrer

La percepción aristotélica de que el más importante de todos los bienes debe ser el objeto de la asociación política no resulta creíble, hoy en día, para la mayor parte de españoles y europeos. En el caso de nuestra nación, la larga interinidad del Ejecutivo y la probada mezquindad de los líderes políticos para negociar la gobernabilidad del país está colmando el vaso de una paciencia repleta de abundantes dosis de corrupción y miopía política de los partidos, de maltrecha economía, de carencia de trabajo, de desbarajuste autonómico, de revanchismo social, de confusión ideológica y moral.; en definitiva, de grave incertidumbre respecto del futuro de muchas cosas importantes para nuestro pueblo.

Por lo que respecta a la Unión Europea, el panorama no se presenta más alentador. Además de compartir en buena medida los problemas que sufre nuestra patria, el ámbito comunitario -aun instalado en la zona de confort que consagra la globalización- se va asfixiando poco a poco por la carencia de liderazgo moral de sus dirigentes, por la intrínseca dificultad de su gobernanza y por el acuciante escenario internacional de los últimos tiempos. Como si fuera una simple sociedad de socorros mutuos, la Unión se desasosiega por ir apagando -con la corrección política de sus poderes oligárquicos- los fuegos de los nuevos flujos de emigrantes y refugiados, del terrorismo yihadista, de la crisis demográfica y multicultural, de la creciente insolidaridad social.

La lenta agonía que -bajo el fastuoso armazón de parque temático de su propia historia- atribula a la sociedad española y a la europea no hace sino aumentar la desafección de su ciudadanía por el bien común. Entre la frivolidad de unos, el provecho de otros y la irresponsabilidad de muchos, se ha forzado a olvidar que, más allá de los intereses partidistas, lo que debe primar siempre en la vida política es la consecución de la armónica convivencia. Esta pérdida del correcto horizonte existencial, presente en la mayoría de ámbitos del mundo actual -no solo en el político-, no es exclusiva de nuestra época, pero requiere -como lo ha precisado siempre en coyunturas semejantes- del esfuerzo titánico de alguien que, con su excepcional impronta, contribuya a enderezar social, política y moralmente la decadencia del tiempo que le ha tocado vivir.

Así ocurrió con la figura de San Vicente Ferrer (1350-1419) en el otoño de la Edad Media, durante la transición del ocaso del siglo XIV al nacimiento del XV. Esta época experimentó el choque violento entre las viejas estructuras de la Baja Edad Media y el nuevo espíritu emanado del Renacimiento italiano. Fue un período asolado -a lo largo y ancho del continente- por calamidades de toda índole: la guerra de los cien años, la peste negra, los conflictos sociales y políticos (indisciplina señorial, emancipación de las clases serviles.), la crisis interna de la vida eclesiástica y de la vida religiosa, el cisma de Occidente.

Íntimamente alejado de las luchas partidistas y sin vocación política, Vicente Ferrer, a causa de su intensa vida contemplativa, de la amplitud de su saber teológico, de su prudente asesoramiento y de su habilidad social, adquirió un prestigio que le forzó a intervenir como consejero en trances críticos de su época, actuando con decisión en pleitos de papas y de reyes, sin que con ello menguara su reputación moral y su veneración universal, incluso en aquellos lugares y ambientes menos favorecidos por el resultado de sus negociaciones. Tal sucedió con su designación como compromisario en Caspe, con ocasión de la proclamación de Fernando de Antequera como sucesor del rey Martín el Humano, fallecido en 1410.

Para ser más fiel a su vocación, se alejó de su situación privilegiada de consejero de las cortes de Avignon y de Aragón (los gobernantes, los obispos, el clero. se lo disputaban), abandonó sus tareas de profesor y de escritor escolástico y se consagró a la más urgente labor de salvar la resquebrajada sociedad de su tiempo, hasta convertirse en apóstol de Europa. Desde fines de 1399, para predicar en toda su integridad el misterio cristiano, recorrió -soportando todo tipo de inconvenientes- los caminos de los antiguos reinos de Castilla y Aragón, así como amplias zonas de las actuales Alemania, Bélgica, Francia, Holanda, Italia e Inglaterra.

La eficacia de su predicación -que no tenía otro objetivo que la conversión personal y colectiva- renovaba espiritualmente regiones enteras, llevando la paz a las ciudades y la unidad a las instituciones. Trató de remediar los males de su época no con súbitas soluciones sino por medio de verdades y virtudes cristianas, logrando por añadidura resolver problemas temporales y restaurar la pacífica convivencia.

Como sucedió con el 'Pare Vicent' en el tránsito de la Edad Media al Renacimiento, para salir de nuestra actual crisis y alcanzar un periodo histórico más humanizado hace falta -al menos- un personaje de la talla del religioso valenciano que, sobre los territorios de España y la Comunidad Europea, levante la enseña de una sabiduría creadora de civilización e incardine la diversidad de problemas que atosigan a sus múltiples colectividades en el horizonte de una sociedad verdaderamente fraterna.