Las Provincias

Los deberes insumisos

En los últimos años han aparecido iniciativas y hasta libros que intentan describir cómo éramos los niños de la EGB. Eran los tiempos de la Nancy, los Juegos reunidos Geyper y el CineExin. Por entonces, algunos tuvimos la suerte de que nuestros padres acostumbraran a dar la razón al profesor en caso de duda. No siempre acertaban, pero el error del profesor era la excepción, no la regla. Esos padres, como muchos de ahora, daban por hecho que la mejor herencia era una buena educación y el mejor regalo, un libro, un juego educativo o una visita a los tesoros de nuestro entorno: Sagunto, el Museo de Bellas Artes o el Monasterio de Piedra. Para ellos, el tiempo no se dividía en estudio y diversión sino que todo eran oportunidades para crecer y saber un poco más. Los deberes del cole eran necesarios y constituían el momento de comprobar que la formación de la escuela y la de casa se iban complementando. Desconozco si entonces hacíamos menos deberes que ahora pero sé que, de no haberlos tenido, nos los hubieran puesto en casa. Aún conservo el libro de poesía con el que aprendí a leer un verano. Cosas de un padre previsor, que en agosto me hizo estrenar los libros del cole que tenía ya preparados para el curso siguiente. Cuando empezó, yo ya había adelantado un par de evaluaciones. No esperaba a que lo mandaran los profesores. Si no había deberes, en casa tenía dictados, cuentas o lecturas.

Es cierto que la acumulación de tareas no puede prolongarse durante toda la tarde ni eliminar el tiempo de juego, de descanso y de convivencia. Sin embargo, el hábito de estudio diario requiere constancia y refuerzo. Y, desde luego, sacrificio e implicación familiar. Para aprender, no basta con el tiempo pasado en la escuela pues los conceptos y habilidades descubiertos en ella han de consolidarse a base de estudio y de aplicación práctica. De poco sirve explicar cómo se multiplica si solo se resuelve una operación en la pizarra y entre todos los compañeros. Cada uno ha de enfrentarse solo, y con la reiteración necesaria para dominar la técnica, a un cuaderno de multiplicaciones. Y, junto a ello, aprovechar los juegos, los anuncios de la calle o las cuentas de súper para fijarlo.

Frente a eso, resulta razonable la queja de las familias cuando la acumulación de tareas impide, incluso, la asimilación del contenido. No se trata de resolver, llenar hojas y hacer trabajos de forma mancomunada con los demás miembros de la familia con tal de terminar. Si al final, el trabajo sobre Julio César lo hace el padre y el póster de las vitaminas, la madre, ni servirán de nada los deberes ni será buena la lección transmitida. Como tampoco lo es la que se extrae de la insumisión propuesta por algunos padres para los próximos fines de semana. Exigir un debate sobre los deberes es sensato, razonable y necesariamente autocrítico pero implicar a los chaveles en la protesta es todo lo contrario.