Las Provincias

Clinton, Lim y la ilusión

Oigo en la radio a un sesudo analista internacional que habla de las elecciones presidenciales de Estados Unidos y comenta que el problema de Hillary Clinton es que no genera ilusión, no la misma ilusión que despertó Obama cuando se presentó y ganó por primera vez, en 2008, aunque luego esa ilusión se fue desvaneciendo hasta primero difuminarse y luego desaparecer por completo, lo cual explica -según el sesudo analista- el surgimiento de un fenómeno como Doland Trump (fenómeno en el sentido de suceso fuera de lo normal, no quiero decir que Trump sea un tío fenomenal, que no es el caso), un populista que ha puesto en alerta no sólo a los demócratas sino a los mismos republicanos, alarmados ante la deriva que puede tomar su país -todavía hoy la primera potencia del mundo- si semejante personaje llega a la Casa Blanca. Al parecer, siguiendo con el argumentario del experto, la señora Clinton es vista como parte del establishment, una política clásica, de la élite, alejada de los problemas que realmente preocupan a los ciudadanos, de una clase media que como ocurre en el resto de países desarrollados está perdiendo poder adquisitivo a marchas forzadas, temerosa ante procesos como la inmigración, la globalización, la robotización... Clinton no genera ilusión entre una población, digámoslo suavemente, infantilizada, poco madura, de escasa cultura, consumidora habitual de grandes cantidades no sólo de comida basura sino de -lo que es casi peor- realities televisivos, el nuevo opio del pueblo. El ciudadano informado, culto, participativo, socialmente activo, no se hace ilusiones tan a la ligera, primero porque tiene un conocimiento bastante aproximado de la situación y segundo porque es consciente de que no se puede esperar gran cosa de los políticos, cuyo margen de maniobra es cada vez más escaso precisamente por fenómenos que preocupan a casi todo el mundo, como el de la globalización, un proceso que ha restado poder a los estados y con ello a sus dirigentes. Si uno sabe lo que hay no se hace ilusiones tan alegremente, no espera lo que no puede esperar ni desea lo que está lejos de su alcance. Cuando voy a mi supermercado y no encuentro un producto de mi gusto, no me voy a la puerta a exigir la cabeza del dueño de la empresa. Y si mi compañía telefónica no me da el servicio que espero no se me ocurre encadenarme a las puertas de sus oficinas centrales reclamando la dimisión inmediata del presidente del consejo de administración. No deja de sorprenderme la actitud de los que piden que Lim se vaya porque, dicen, se han desilusionado. ¡Oh, la ilusión! Es muy sencillo, no tienen más que poner los doscientos millones de euros que él ha desembolsado y tan amigos. Verás tú qué ilusión le hace.